jueves, 14 de noviembre de 2013

Klaus Kinski / Yo necesito amor


Klaus Kinski
YO NECESITO AMOR

Mi agente me trae como ama de llaves a una joven japonesa, Nauko. Cocina maravillosamente platos japoneses y chinos, lava, plancha, mantiene la casa limpia, lava el coche, hace la compra, atiende el teléfono, limpia la piscina, riega las flores y corta el césped; y todo lo hace con rapidez, sin ruido y con una sonrisa. A cambio, además de pagarle, tengo que follármela. Por la mañana, al mediodía, por la tarde, por la noche, cada vez que la despierto con un beso de su profundo sueño. Aunque esté cocinando, haciendo la limpieza o de pie junto a la lavadora, o incluso lavando el coche, siempre que le bajo las bragas y me la follo, su coño desnudo y ardiente me agarra el hueso como un perrito que gruñe y enseña los dientes cuando intentan quitarle la merecida recompensa.
He sido tan feliz durante esos dos meses, me he sentido tan eufórico, tan exultante, tan alegre por fin niño otra vez-, que no me he dado cuenta de que se acercaba el día en que tengo que llevar a Nanhoi a Guatemala junto a Minhoi.

Esta mañana temprano voy en una lancha rápida a la península donde Minhoi y Nanhoi han alquilado una casa. Nanhoi me saluda con la mano desde los alto de unas rocas. Y yo saludo a mi vez a Nanhoi de pie en la proa de la lancha, y los dos nos saludamos hasta que la lancha, conmigo a bordo, desaparece de su vista más allá de un pliegue de la costa, y yo tampoco puedo verlo ya. Pero mientras voy al aeropuerto de Guatemala para tomar un avión con destino a Los Ángeles, aún veo ante mis ojos sus queridas manitas saludando.
En el mismo taxi viaja la hija del millonario de la Pepsi Cola. Tenemos que apoyarnos el uno en el otro: hemos estado jodiendo hasta el último momento. Es muy guapa, pero lo más importante de todo son sus anchísimas caderas y su culo inmenso, y ni se me ha pasado por la cabeza la idea de tirármela en otra postura que no sea por detrás.

-Me llamo Morgan Fairchild- dice una chica que, sentada sola a una mesa del restaurante Le Dôme, ensarta con el tenedor unos espaguetis ya fríos, junto a los cuales hay una taza de café negro también frío ya. A través de la chica de la recepción, a la que siempre le toco las tetas, me pregunta si quiero sentarme con ella. Acepto.
Todo en Morgan Fairchild es febril. Es tan abrasadoramente febril, sus mejillas son un rosa tan abrasado, y tiene unos ojos tan abrasadoramente febriles que parece tísica. Sus manos son tan ardientes, y sus tetitas, su barriguita, su culito, su delicioso coñito febril y cachondo, húmedo y ardiente, sus muslos febriles, piel febril, cabellos febril, orejas febriles, labios febriles...
Intercambiamos nuestros números de teléfono y prometemos llamarnos. Pero ¿y Nauko?
Nauko ya le habría sacado los ojos a Grace Bongo, una arrebatadora colegiala africana de dieciséis años, si en el último yo no hubiera aplazado la desfloración de la joven negra hasta el día en que Nauko va a comprar atún crudo al mercado japonés de Los Ángeles, lo que siempre le lleva varias horas.
A Grace la conocí en un vuelo a Air France París-Los Ángeles. Se arrodilló en el suelo delante de mi asiento y me pidió un autógrafo. En aquel momento supe y ella sin duda también) que le iba a marcar a fuego mi autógrafo en la matriz.

Gracias a Dios, ya he terminado con esa porquería hollywoodera a las órdenes de Billy Wilder. Para alguien que lo vea desde fuera, resulta imposible imaginarse el grado de imbecilidad, fanfarronería, histeria, dictadura y mortal aburrimiento que hay que soportar cuando se rueda con Billy Wilder. Con él, los supuestos actores no son más que perrillos de lanas amaestrados que hacen monerías y juegan a traer el palo una y otra vez, hasta el vómito; llega uno a creer que todos se han vuelto locos de remate. Creía que ese delirio no iba a terminar nunca. Pero he cobrado un pastón por esos pocos días. En el futuro rodarás las películas serias con Herzog y las cómicas conmigo- me dijo Billy Wilder en nuestro primer encuentro, en el restaurante La Scala.
Creo que más bien es al revés: las supuestas películas cómicas de Billy Wilder hace tiempo que ya no resultan cómicas, sino acartonadas y plúmbeas, y la risa se le hiela a uno en las comisuras de los labios. En cambio, si yo hiciera lo que Herzog quiere, sus supuestas películas serias resultarían cómicas sin querer.
Hasta aquí me persiguen esos parásitos de escritorzuelos que quieren atiborrarse de mi sangre como garrapatas. Chupópteros, ladrones, saqueadores. Todos quieren escribir libros sobre mí. Quieren deshacerse de la mierda de su estreñimiento intelectual, añadiendo su repugnante toque personal: biografías, filmografías, videografías, reportajes, historietas de cómic, talk-shows y cualquier otra clase de podredumbre surgida de mentes humanas. Después de haber intentado exprimirse para tesis doctorales en las universidades, ahora me utilizan como tema escolar (¿Cómo advertencia para jovencitas?). ¡La universidad de Michigan, en Chicago, me pregunta, a través de mi agente, si quiero pronunciar durante la próxima Semana Santa una conferencia sobre la crucifixión de Jesucristo! ¡Y la sinfónica de Baltimore me pregunta si quiero hablar sobre Beethoven delante de la orquesta durante los intervalos! ¡La universidad no piensa pagarme nada, ya que se trata de Jesucristo! La sinfónica me ofrece 10.000 dólares por diez minutos de charla. Los mando a unos y a otros a la mierda. El ministro de Cultura francés, Jack Lang, me envía a través de la embajada francesa en Los Ángeles la condecoración "Comendador de la Orden del Arte y la Literatura", (¿Qué demonios querrá decir eso?) Por lo que ha hecho por Francia y el resto del mundo ¡Tampoco esta vez adjuntan ningún cheque! ¡Aquí a alguien le falta un tornillo! ¿Qué se habrá creído ese tipo? ¡"Concederme" una baratija como esa! ¡Están todos como una cabra! Le digo a mi agente que devuelva esa porquería grandilocuente.

Klaus Kinski, Yo necesito Amor, La Sonrisa Vertical, 1992.



COMENTARIO

Yo necesito Amor
Nunca me interesó especialmente Klaus Kinski. De hecho, casi no he visto películas suyas, y creo que hizo cientos.

Aún así, comencé a leer esta autobiografía en que desde el principio nos habla de su amor a la vida y a las mujeres, de la búsqueda de este amor, de su infancia, sus comienzos como actor, los hijos...

Aunque dedica algunas páginas a hablar de cine y de su peculiar relación con Werner Herzog, al parecer bastante tormentosa, comentando algunas de las películas que hicieron juntos, apenas da importancia a su carrera como actor. Habla de ella de pasada, como un medio de conseguir dinero para gastarlo en disfrutar, en vivir.

Desde el primer momento, Kinski se desnuda sobre las páginas sin el menor rastro de pudor, se arranca la piel, realiza una autopsia de sí mismo en vida. Y lo hace con naturalidad y tal sinceridad que muchas veces ofrece una imagen muy poco agradable de sí mismo.

Le apasiona la vida, las personas, hacia el final sólo vive para el menor de sus hijos, relatando su relación con una sinceridad brutal y conmovedora cuya exhibición casi cuesta leer por la intimidad que supone.

Kinski se muestra como una persona apasionada, extraña, feroz, sexual (describe varios encuentros íntimos a lo largo del libro), sórdido, provocador, a veces escandaloso, de una sinceridad perturbadora para lo bueno y lo malo, impúdico, extremista y apasionante. 

Tusquets Editores (Fábula)
Género: Memorias, autobiografía
416 páginas
7,95 €





YO NECESITO AMOR, DE KLAUS KINSKI


En noviembre de 1991, el actor Klaus Kinski fue encontrado sin vida en su casa de California, cuando, al parecer, llevaba muerto más de veinticuatro horas. Pocos creyeron que Kinski falleciera realmente «por causas naturales». En efecto, alguien que dice de sí mismo «soy como una bestia con uñas. Si no fuera actor, me habría convertido en asesino o mártir» no puede morir como todo el mundo. Estas memorias nos aclaran la razón profunda, casi intolerable, de su extraño comportamiento.
Hacía ya mucho tiempo que teníamos noticia de estas memorias suyas cuando finalmente, en la primavera de 1991, pudimos leerlas.
Comprobamos con estupor que se trataba de una confesión descarada y escandalosamente íntima, escrita sin temor ni pudor, de un hombre exasperado, a la búsqueda incansable de un afecto que jamás supo conseguir o conservar, y cuya ansiedad acabó resolviéndose siempre, a cada instante, en sexo a secas, sin rodeos, sin máscaras, en todas las posibles facetas, hasta sus últimas consecuencias, desde las más triviales y fortuitas hasta las más violentas y sórdidas. La obsesión de Kinski por el sexo sólo es comparable a la adicción del heroinómano. Vida y sexo no son sino una y única cosa..
De no ser por la descarnada sinceridad que rezuma todo el libro, el lector podría pensar a priori —tal es el infierno que describe Kinski como propio de su vida— que hay en él simple provocación y escándalo. Pero nadie que lea esta confesión estremecedora, nada halagadora para el autor, puede ser llevado a engaño. Hoy, ya fallecido él a los 65 años, se convierte, además, en un valioso documento autobiográfico.
“Se busca a Jesucristo. Profesor, obrero. Domicilio, desconocido. No profesa ninguna religión. No milita en ningún partido. No se le ve en reuniones públicas. El prófugo está acusado de robo, corrupción de menores, blasfemia, profanación de iglesias, insultos a la autoridad, desprecio a las leyes, compadreo con putas y criminales…”
Kinski, que comenzó actuando monólogos-recitales “poéticos” a finales de los 50s, inicia su pequeño-gran codex confesional, con este párrafo clave de su mega performance-happening-mesiánico que invadió los escenarios europeos a finales de los 60s. En éstos, berreaba con desparpajo “únicamente” armado con su voz (y su actitud)… frente a una muchedumbre que respondía sus provocaciones con algo más que solo confrontaciones cortopunzantes. Con lujo de detalle esto está retratado en el documental Jesus Christus Erlöser (2008) dirigido por Peter Geyer, el albacea de Klaus Kinski: “100 minutos de histrionismo, oratoria y violencia verbal en una época en que las estrellas tenían cojones y escaso miedo al ridículo”.
Luego de una acumulación de escandalosas presentaciones, comienza otra de sus tantas tormentosas experiencias, esta vez con un tal Herzog. Kinski sale del spaghetti western y vira hacia algo más en su tono: Aguirre, der Zorn Gottes (otro iracundo) y con ello un nuevo y más lucrativo giro y periplo anti-actoral:
“Herzog, el productor de la película, también ha escrito el guión y quiere dirigirla. Lo primero que hago es preguntarle cuánto dinero tiene”. (…) (Herzog) tiene una manera de hablar plúmbea, más perezosa que un sapo, minuciosa, quisquillosa, fragmentaria; de su boca brotan cascotes de palabras, que intenta retener al máximo, como si le pagaran intereses por ellas. Pasa una eternidad hasta que por fin se saca del cerebro uno de sus mocos mentales resecos”. (…) No entiendo nada de lo que está hablando, excepto que está enamorando de sí mismo sin motivo aparente y está fascinado por su propia osadía, que no es más que la ignorancia de un diletante”. (….) Y afirma, con el mismo descaro y ramplonería (por decir así, relamiéndose los labios, como si se tratara de un bocado delicioso), que todos los que participaran en el proyecto están dispuestos a aceptar con alegría las inimaginables fatigas y privaciones que les esperan, con tal de seguirle los pasos a él, a Herzog”.
“Pasolini, que me ha mandando el guión de Pocilga, su ultima película, se presenta en la Appia con una horda de chicos jóvenes, y quiere hablar conmigo. (…) Desde luego, el argumento es un poco excesivo. El personaje principal, que debería interpretar yo, es un tipo que, impulsado por el hambre, ataca a un guerrero bien formado y lo devora. Esa historia después de todas las paridas que he tenido que rodar hasta ahora, parece soportable. Pero el sueldo no. El productor Doria es de los mejores de Italia, pero si yo cobrara en todas mis películas el salario de hambre que él me ofrece, para sobrevivir tendría que acabar comiéndome a Doria o quizás incluso a Pasolini”.
A lo largo de sus memorias Kinski se sitúa en muchísimos terrenos y no tiene sentido intentar llegar a una convicción sobre su atormentada y/o histriónica psiquis. Lo único ligeramente claro es que Kinski legítimamente y a sus anchas fanfarronea al tiempo que derrocha, estalla y prueba a las personas mientras no suelta el acelerador. La misericordia no era lo suyo. Siempre actuaba y a la vez detestaba su propio rol. Ninguneaba a sus colaboradores, se sensibilizaba con los animales pero trataba con infinita desconfianza y desprecio poético a toda la alimañezca y tacaña humanidad desde Fellini a Loach, de Cavani a Visconti.
“Lo que enseñan en esas escuelas de actores es una retahíla de escalofriantes estupideces. Al parecer las peores son las llamadas actor’s studios, de Estados Unidos. Allí aprenden a ser naturales, es decir, se repatingan, se hurgan la nariz y se rascan los huevos. A esa imbecilidad la llaman method acting. ¿Cómo se puede “enseñar” a alguien a ser actor? ¿Cómo se puede enseñar a alguien cómo y qué debe sentir y cómo debe expresarlo? ¿Cómo puede alguien enseñarme a mí la manera de reír y llorar? ¿La manera de alegrarme y estar triste? ¿Lo que son el dolor, la desesperación y la felicidad? ¿Lo que son la pobreza y el hambre? ¿Lo que son el odio y el amor? ¿Lo que son el anhelo y la satisfacción? No, no quiero perder el tiempo con esos cretinos engreídos”.
Círculo de Lectores, 1998. 
Traducción de Joan Parra Contreras. 
446 PÁGINAS.


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