sábado, 30 de noviembre de 2013

Jaime Echeverri / Jurador


Jaime Echeverri
JURADOR

Entre todas las historias sobre su origen, juraba por dios (asunto en el que no creía) haber nacido en el preciso momento en que su madre lanzaba una maleta desde la ventana de un hotel, antes de llegar a Lourdes, a donde iba a pagar una pro­mesa y a rezar para que no le quitaran la fortuna que acababa de tirar en éste, último de una serie de viajes místicos. De allí venía su devoción por la vida y su sensible olfato para estable­cer cualquier brote de misticismo en cualquier persona con sólo mirarla a la cara. Pero estos juramentos venían después de haber trajinado toda una larga noche, y hasta semana o mes, con el vino y las rutas de borrachera interminables, en las que hacía desaparecer su cabeza de los espejos para poner en su lugar hojas de su bosque genealógico. En esos momentos estaba seguro de su identidad perdida, de su labor como hom­bre prematuramente calvo, decididamente sinvergüenza y ab­solutamente incapaz de comprender las pendejadas del mundo que le tocaba soportar día a día. Mentado jurador de vidas y desviadas soy, vendedor de muebles en desuso, seguidor de mu­chachas en todas las vías, perseguidor de sombras soy y tienes que llevarme en el alma, vida de mi vida, muchacha de mis incursiones solitarias, objeto de violación, rubia que vas a dejar reclinar mi cabeza en la cascada de tu pelo, mientras el testigo, escritor de las únicas verdades se enreda en sus mentiras y termina el texto que yo tenía que terminar hoy, antes de que el augusto poeta me rompa la nariz y me deje como un trapo tendido junto a un ánfora de barro, te seguiré hasta el cuarto y no podrás salir hasta que mi fortaleza se haya igualado a tu debilidad, muchacha rubia, cascada de mi pena. Otros monó­logos por el estilo solía esgrimir a las muchachitas, antes o después de un juramento infaltable: dominar más de 52 len­guajes además del poético.
Entre otros juramentos había el de la herencia, fiadora de todas las deudas. Una fortuna inmensurable que llegaría del padre, el único legítimo del universo, una especie de caballero entuertador y pernicioso que andaba o debería andar escon­diéndose de las sombras, desde que había dejado a madre e hijo en condiciones imprecisas y se había ido a buscar fortuna, habiéndola en alguna jugarreta, en muchas jugadas no muy limpias, hasta hacerla mítica. Casi o tanto más que el fantas­ma suyo en mente de madre e hijo, en los paseos de infancia, en los juegos por los corredores de un convento con su tía monja, patrocinadora de las ideas místicas de su madre, en las páginas del libro de santos donde aprendía a leer u-a-e-o-i. Pero el fantasma de su padre, pedro páramo sabanero, gran padre de todos los hombres, se había vuelto cenizas con las noticias de su muerte incierta, atormentadora hasta el punto de convertir­lo en mecenas de sabuesos que irían a disfrutar de su magna­nimidad si alguna vez probaban algo sobre la suerte de su pa­dre y habían tornado con la noticia cierta de su vida secreta: lo veían en todas partes, en muchos puntos a la vez. Desde entonces empezó a, jurar que la ubicuidad era el rasgo funda­mental que su padre le había transmitido genéticamente.
Había temporadas en que desaparecía y no se lo veía por ninguna parte, ni a su abrigo gigante ni a su boina de cura en exilio, exilado y blasfemo, y, mucho menos, a sus gestos desaforados. Esas épocas las dedicaba a Genny Pastrana y sus devaneos con el ladrón de la guitarra o en estar en varios apar­tamentos del centro participando en varias rumbas locas a la vez, alargándolas hasta hacer de ellas una sola vida, mezclando hombres y mujeres a su capricho, juntando malandrines del sur y señoritos del norte en una gesta común, llena de complica­ciones, trasteos y lanzamientos, burlas a los propietarios, carreras enloquecidas por los puntos cardinales de una ciudad que se empeñaba en barajarlos. Aparecía entonces uno de los tan­tos lenguajes festivos: zafa pintica, no sea  barro pinta, vamos por el varillo y no dejemos que nos borre la negra pena que nos detalla el alma, brodercito, para desenredarse así de todas las madejas que le van anudando las vías respiratorias, mien­tras urde otra promesa, una aseveración, que, a la postre, ten­dría que sellarse con un gesto de la mano al subir, hasta los labios y un chasquido allí, atestando a favor de la fábula.
La vida, no es otra cosa que una noche con tenues puntos blancos donde la gente hace cosas que nunca quise hacer, pre­firiendo una lona que me tapara todos los soles secundarios y cómplices de actividades remotas y arquetípicas para engordar las arcas y hacer crecer barrigas hasta reventadas de satisfac­ción y desdichas distintas de las mías. Pero lo verdaderamente cierto, puedo jurarlo, es que no tengo una maldita idea de qué es todo esto, noche o página en blanco, o canción incantable, simple chasquido de los dedos en un gesto de comprensión profunda cuando se dice que vamos hasta el final, que llegue­mos al fondo de la maldita cosa, que la quememos hasta no dejar ningún recuerdo para borrar después, ni ahora, hasta que todo sea un constante principio, porque la verdad verdad es que no tengo pasado, la verdad verdadera es que todo es pro­ducido por la imaginación loca de alguna sombra gris recosta­da a una mesa a punto de desbaratarse, hace muchísimo tiempo.
Y otras fábulas había para matizar con nuevos juramentos: el agujero era un santuario donde las putas y los maricas hacían un alto en sus septimazos nocturnos, un oasis, distinto al de la 23 que aparece un poco después como polo opuesto retardado, un oasis para los bohemios que salían desesperados del cisne, buscando un pliegue entre las sombras, un espejo donde en­contrar las caras no imaginadas todavía, las más remotas y futuras. El agujero era un mito casi tan grande como el del cisne, porque aquí, se decía, había nacido la mejor revista de cine que han visto ojos nacionales, porque los bohemios se con­vertían de la noche a la mañana en genios escritores, o genios autodidactas o genios sin interés, pero genios, porque el agujero era el sumidero de todas las ideas de ese tiempo, nuestro tiempo también, y de la falta de ellas en las pieles pálidas de rubias aleteadoras en espiral alrededor de un príncipe o caballero inexistente, bolsillo lleno corazón contante, de esos que nunca pisarían el piso del agujero inmundo, lugar despreciable, sitio por el que ni por el frente debía dejarse cruzar a nuestros hi­jos, mujeres o allegados de cualquier clase, a no ser que fuera el preferido por la secretaria de cabellos negros y profundas ojeras, que al final nunca era una secretaria de verdad, sino que cargaba un maletincito con arreos extraños, las vestimen­tas para desnudarse. A no ser que fuera ese el sitio que ella pintara como el más extraño y dulce y fastuoso del universo, a donde sí podíamos ir antes de insinuar otro viaje, antes del definitivo, el que ella ‘propiciaba e insinuaba como premio a nuestro  buen comportamiento. Era de itinerario rumbo a una larga rumba o la iniciación de una noche que no se sabía si iría a terminar alguna vez y la tangente donde estaban los amigos que no se veían hacía un momento; cualquier noche caminando por la séptima se vio al mejor amigo salir, o pare­cía salir, del lugar en el soberbio estado en donde no importa el rumbo ni el oficial de guardia, era una sombra en todo caso, mezclada con las otras, lo juraba por todos los seres y cosas innombrables, que nombraba letánicamente y falto de convic­ción. La raya de certidumbre indicaba que desde el bugatti en movimiento, el carro alquilado, alguien borrosamente cercano saludaba efusivamente, el gran amigo perdido de la borrache­ra decía que allí, al final de la ruta, habría una fuente inago­table para las sedes acumuladas de días atrás, como si no se hubiera bebido en toda una vida y como si toda ella depen­diera del próximo sorbo en aquella precisa fuente inagotable. Salto implacable y certero al taxi en marcha, forcejeo sospe­choso en el interior, una manilla girando y un brazo fuerte tirando, impidiendo cualquier intento de apertura, una sospe­cha creciente, menos fuerte que la necesidad de mantener fé­rreos los dedos, una voluntad firme, agarrada a la manija de la puerta, alejando cualquier posible sospecha de las oscuras in­tenciones del brazo fuerte que quiere alejarlo de la oscuridad interior del taxi, acelerado al máximo en contra del chofer, que nada entiende, como él danzando contra el viento helado y fuerte, casi tanto como su intención de llegar al destino y a la fuente donde se disiparan todas las sequedades y los pensa­mientos turbios que esperan la tierra firme al lado de la bote­lla del elixir mágico, junto a las buenas amistades, a la con­versación que llegará a otros planos, a los niveles más ocultos de la palabra para mitigar la tensión de tendones, brazos y músculos en esta melodía solitaria que espera el redoble de una batería, el quejido de una trompeta parecida a la que suena siempre en el agujero, el sumidero de las tentaciones inconclusas, de los inexplicables categóricos, de las conjuncio­nes familiares, del pasado piadoso melodía ensoñadora ense­ñoreada de la muñeca sostenida a contrapunto de la gravedad, del viento y de la noche extendida a lo largo del camino gris charquiento que suena en las curvas, parafraseado por la llan­ta que sale y muestra las estrías en el baile de rutas que se cruzan. Hasta que la mano termina por insensibilizarse, agarro­tada, con la dureza de. un bronce, mano de boxeo en un golpe al vacío, fuera del cerco que se tiende al otro lado de la por­tezuela. Pero la decisión da la victoria al llegar a la entrada de la fuente, antes de subir a la zona consagrada donde espera el otro nivel del placer. El viejo, junto al amigo, hace muecas de disgusto, parodiadas por ellos, en coro festivo antes de caer en la trampa. ya ahí, en el apartamento del sofisticado marica, hay que vencer al dragón antes de llegar a la fuente de todos los deseos, pasar por la rueda de las adivinanzas antes de beber el primer sorbo: qué pretende un tipo cuando dice que en su casa hay trago y arrastra a un muchacho y no deja que venga nadie más con él. ¿Qué se esconde en el gesto asesino de impedir la apertura de la puerta de un carro en marcha mientras afuera alguien hace de bandera? Dos falsos nada. La mano aún empuñada al entrar en el séptimo piso donde una puerta  lleva a una alfombra roja, lo puede jurar, y la alfombra lleva a un bar estilo colonial, el bar a las botellas de diferentes colores y las botellas a la sed, de la sed al olvido, del olvido al laberinto donde el marica se pierde, de la pérdida a la búsque­da, de allí a la ira, de la ira a la acción. Entre los hilos del falso vestido inglés no está, en los pedazos de las porcelanas coleccionadas cuidadosamente tampoco, en el brillo fragmenta­do de los acetatos de música ligera, menos. En los restos de los dibujos. pornográficos solamente se encuentran sus inten­ciones, en los marcos deshechos, únicamente la fachada de su frustración. En los espejos de cristal de roca queda una sombra de afeites minuciosos al empezar y terminar los días con la sensación, dada por el reflejo irreflexivo de los espejos, de una línea más en el mapa de la cara que la convierte en más interesante y menos seductora. De él, el marica viejo, frustrado y traficante, no queda ni la sombra en su propio cubil, no queda sino el olor rancio a agua de colonia mezclada con sudor entre las sábanas y las motudas cobijas de lana virgen en la cama, desbaratada instantáneamente, movidos por la necesidad ahora imperiosa de encontrarlo, después de comprobar que la puerta está sellada, que no hay salida posible, que las ven­tanas muestran planos de techos mojados por la lluvia que empezó a caer no se sabe cuándo, y que los techos están de­masiado abajo, en el nivel más profundo del mundo. Después de destruir la cama es necesario danzar ritualmente, gritar has­ta que los sonidos suban y ocupen todo el espacio. Invaden, efectivamente, los oídos delicados, como son siempre  los de los vecinos en todos los edificios del mundo, haciéndose cada vez más insoportables hasta despertar la necesidad de crear un comité para llamar la policía o los porteros y sacar así a los locos del estruendo infernal. Borrachos, con la mano aún agarrotada él juraba desde el interior a los integrantes de la comitiva de recepción afuera, que estaban apresados, que ha­bían sido encerrados contra su voluntad, dándole patadas a la puerta, hasta que el portero encontró la llave y los dejó salir. Salieron saltando, embriagados por la libertad oscura que los esperaba afuera, ante los veinte o más ojos que no entendían absolutamente nada. En la calle la lluvia tendía cortinas cada vez más fuerte, redobles triplemente sonoros a la libertad creciente en el pecho, en las piernas, derramándose por los cuerpos, haciendo pegar las ropas a la piel. La libertad exige sus tributos y ellos se tendieron a verla caer en forma lluviosa, persiguiendo las figuras que se complacía en hacer y deshacer, ahogando los gritos salvajes anidados en las gargantas.
Luego juraría que la lluvia era la misma, con las mismas formas e intensidades, que caería tiempos después de las cacerías al secuestre de una herencia que le correspondía a su madre en plena Soledad, mucho después de casarse, de ir a Quito y a Bucaramanga, y un poco antes de Barcelona y de París. En todo caso no era la lluvia fastidiosa y esterilizante que cae indefinidamente sobre Bogotá, sino esa cosa pegajosa y febril que golpea la piel como un tambor después de la fiesta del italiano, donde él y cuatro amigos se disputaban ritualmen­te una mujer. Torrentes cayendo sobre él y sus amigos al pie de los bloques de Pekín, abrazados todos y bailando el mismo son silencioso, la misma sordina ensordeciendo el pecho para lanzar otro conjuro: nos encontraremos un jueves en Atenas, se los puedo jurar. Desde entonces nadie pudo asegurar su para­dero.


* Jaime Echeverri, Manizales, Colombia. Escritor, poeta, ensayista, profesor de literatura, sicólogo y sicoanalista, autor de novelas (Reina de Picas, Corte final) y libros de cuentos y textos multigenéricos donde plantea y ausculta siempre los planos de la supuesta realidad y la superpuesta fantasía (Historias reales de la vida falsa, Versiones y perversiones, Actos ajenos, etc.) Jurador, un cuento experimental de la segunda mitad del siglo XX, cuando grandes innovaciones narrativas sorprendieron a los jóvenes aspirantes a narradores, capta la atmósfera real y fantasiosa de personajes y tiempos arremolinados en la gran Torre de Babel que fue la búsqueda de una voz propia en la expresión por medio de las palabras. 


Publicado originalmente en la Revista ECO # 202, agosto de 1978, Bogotá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario