domingo, 20 de septiembre de 2015

Manuel Vicent / ¿Cuándo abandonaste a Woody Allen?

Woody Allen

¿Cuándo abandonaste a Woody Allen?

Hace 45 años llegó a España la primera pelícual de Allen: ‘Toma el dinero y corre’. Su talento insondable hace que haya rodado 49 películas


El cineasta Woody Allen, en 2012. / [AUTFOTO][AUTFOTO] / MANUEL LAGOS (PARIS MATCH) (GETTY IMAGES)
Allá por el año 1970, por la puerta trasera del franquismo se coló en nuestras pantallas un cineasta que a los cinéfilos nos obligó a reír de otra manera. Todo empezó con la película Toma el dinero y corre,dirigida e interpretada por ese tal Woody Allen. Al año siguiente el tipo presentó Bananas, su segundo golpe de humor inteligente, disolvente y provocador. A partir de ese momento se formó una secta cuyos componentes, en poco tiempo, supimos todo de aquel cineasta. Que había nacido en Brooklyn el 1 de diciembre de 1935, que era un judío opinión del personaje, fue él mismo quien mejor se definió: “Yo no quería ser Bogart ni John Wayne. Yo solo quería ser el capullo de la clase, quería ser ese chico con gafas que nunca consigue a la chica pero agnóstico, canijo, neurótico, educado de niño en una escuela hebrea, alumno del Midwood High School, matriculado después en Ciencias cinematográficas en la Universidad de Nueva York, que comenzó a ganarse la vida vendiendo chistes a periodistas famosos ygags a algunas productoras de cine. Y que aunque cada uno se había formado una que es divertido y cae bien a todo el mundo”. Pese a todo, en las películas aquel esmirriado gafoso, una escoria de diván de psicoanalista, se llevaba siempre a la chica solo porque la hacía reír, lo cual nos hizo concebir esperanzas de seducir de la misma forma a aquellas amigas del pub de Santa Bárbara si uno soltaba las mismas frases cáusticas, ingeniosas e imprevistas que oíamos de su boca.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Triunfo Arciniegas / Días y noches en el Valle del Espíritu Santo

Chíchira, vereda de Pamplona, 2008
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Triunfo Arciniegas
Pamplona
Días y noches en el Valle del Espíritu Santo

Todavía era niño cuando fui por primera vez a Pamplona, territorio del viento. Mi padre me dejó cuidando los bultos de herradura en el parque. Estremecido, vi toda esa gente que caminaba echada hacia delante, con el firme propósito de mantenerse aferrada al piso, temerosa de extraviarse entre las nubes, y escuché por primera vez el rugido del viento. De repente me sentí solo y muy desdichado. Las montañas peladas me asombraron y los dientes del frío atravesaron mis ropas. Un niño se me acercó y conversamos un rato. No recuerdo su rostro sino sus manos: le faltaba un dedo. Me preguntó de dónde venía y, cuando le respondí que de Málaga, quiso saber cómo era. Fue muy difícil establecer tamaño y diferencias porque no teníamos un punto de comparación. Él solo conocía Pamplona y yo, solo mi pueblo.
Habíamos salido de madrugada mi padre y yo. Cruzamos Concepción y Cerrito, atravesamos el páramo y descansamos unos minutos en Chitagá. Una hora después, a mediodía, nos recibió el Valle del Espíritu Santo, como se llama la taza de montañas donde Pedro de Ursúa y Ortún Velasco fundaron Pamplona en el año de gracia de 1549.
Mi padre volvió al fin y dijo que ya no teníamos que seguir hasta Ragonvalia, en la frontera con Venezuela y entonces paraíso del contrabando, que se hacía con mulas y caballos. Había vendido toda la herradura y ya podíamos regresar. A manera de consuelo, me compró unas revistas de Superman y Batman, que alquilé en el parque de Málaga hasta que todo el mundo las conoció y cerré el negocio “por falta de existencias”.



Años después papá decidió nuestro destino. Nos trepó con los corotos a un camión y nos llevó a vivir a una loma detrás del cementerio de Pamplona. Su corazón de gitano ya nos había paseado por Ragonvalia, Sogamoso y Belencito. Y nos quedamos en Pamplona porque mamá no quiso que nos trasladáramos a Bucaramanga, donde papá tenía muchos amigos con quienes beber. Otra hubiera sido la suerte si mamá no se hubiese atravesado y, de todas maneras, papá fue un borracho toda la vida. Llegamos a Pamplona un 19 de junio y nunca nos fuimos.
En Pamplona conocimos un invento, la televisión: en las tiendas, en la oficina de Berlinas, una flota que todavía existe, o a través de una ventana entreabierta. Pasaron muchos años para que papá comprara un televisor.


El payaso
Alcaparral, vereda de Pamplona, 2006

Éramos seis entonces, seis malagueños: cinco mujeres y yo, el primogénito. Y papá y mamá, por supuesto. El resto fueron pamploneses. De los doce que seguimos con vida, uno pasa más tiempo en la cárcel que en cualquier otra parte cumpliendo a cabalidad el papel de oveja negra de la familia y otra se fue a vivir definitivamente a Cartagena de Indias. Vamos y volvemos, unos con más frecuencia que otros. Dejamos de vernos los domingos desde que murió mamá.
En aquellos primeros tiempos, cuando éramos seis y nuestros padres apenas se alistaban para la segunda tanda de hijos, el universo entero era Pamplona. Nos asomábamos a la puerta con cobijas y las orejas se mantenían mojadas por tanto frío. La vida era tan miserable que nos entreteníamos con el espectáculo de los entierros. Llegamos de noche ese 19 de junio y al día siguiente salí a caminar y me extravié. Me falló el truco que he practicado en todas las ciudades del resto de mi vida: caminar en línea recta para regresar por una calle paralela al punto de partida. Sentí que alguien me seguía y quise perderlo, fui por aquí, fui por allá y me perdí, por supuesto. Como había retenido el nombre de la iglesia del cementerio, El Humilladero, pude regresar a casa. Pero desde entonces tengo una pesadilla. Me sueño en una ciudad que no conozco, no sé de dónde vengo ni a dónde voy, a veces ni siquiera sé quién soy.
En Pamplona aprendí el arte de las cometas, que terminan sus días en las cuerdas del alumbrado público, y agosto se volvió el mes más querido. Conocí los secretos de la niebla, el desordenado alfabeto del viento, la desolación de las noches del último rincón del mundo.


Ensayo de teatro
Chíchira, vereda de Pamplona, 2007

Pamplona me hizo escritor. Llegué por un sendero de lágrimas porque en Málaga se quedó la abuela Emperatriz, el primer amor de mi vida. Desde una geografía que juzgué desolada, empecé a escribirle cartas con coplas inventadas o copiadas de cualquier libro, con los pequeños hechos de la vida cotidiana y desbordadas aventuras de mi imaginación, con dibujos elementales. Ahí empezó la cosa, el juego de la ficción y la realidad para mantener un lazo con una persona amada. ¿No es eso la literatura, no es el sentido de la poesía? Más solo que nunca, me sumergí en los libros, profundizando la pasión que había comenzado en la biblioteca pública de Málaga. No había un solo libro en la familia pero recuerdo que de Málaga traje ya mi propia colección y un mueble que ahora, en el garaje, es la bodega de tuercas y tornillos, repuestos y herramientas. Ahora los libros rebosan las seis habitaciones de mi casa.
A Pamplona se llega por tierra desde Cúcuta, Málaga o Bucaramanga. Por aire sólo en helicóptero, en un viaje no comercial reservado a políticos poderosos, arzobispos y militares de alto rango. No hay helipuerto. Estos colibríes de metal aterrizan en un estadio. No hay aeropuerto, pero a diez kilómetros, en La Lejía, se encuentra un sitio preciso y precioso, un llano sin dueño. Sólo se necesitaría un soplador de niebla que barra la pista durante los aterrizajes. Cuando hay muchos viajes de helicóptero algo sucede en el Valle del Espíritu Santo, algo raro, algo malo: significa que en las cercanías combaten la guerrilla y el ejército.
Si fuese preciso huir, por una carretera de numerosas curvas y en perpetuo estado de reparación, en hora y media se alcanza la frontera.
Parece increíble, pero una vez aterrizó un avión en Pamplona, en un potrero. A un pamplonés, Camilo Daza, pionero de la aviación en Colombia, se debe esta hazaña jamás repetida. Nació con este destino. A los doce años, con una armazón de tela y madera atada a la espalda, se arrojó del tejado de su casa. No voló entonces, no se perdió entre las nubes, nadie pudo confundirlo con un ángel: cayó directo al piso, se quebró los antebrazos, se perforó la frente y perdió el conocimiento durante una semana. No voló pero tampoco se desalentó. A esa caída, que comenzó a moldearle una nariz de boxeador, le siguieron los treinta y siete accidentes de su vida profesional. Camilo Daza fue el primer colombiano que pilotó un avión, en 1919, y al año siguiente, en marzo, se graduó como piloto y mecánico de aviación, en Estados Unidos. De regreso a su tierra, fundó La Compañía Nortesantandereana de Aviación, con cincuenta socios, parientes y amigos. Cuando fueron a pedirle su aporte, el padre de Camilo Daza dijo: “Qué más quieren ustedes que contribuya, yo pongo el muerto”.
El primer avión de Camilo Daza, “Santander”, fue un Caudron G-3 de fabricación francesa. Llegó en barco a Venezuela, desmontado en cajas de madera. Su dueño pensaba hacer un vuelo de Maracaibo a Cúcuta, pero el entonces dictador de Venezuela Juan Vicente Gómez, paranoico como todos los dictadores, pensó que con ese avión los enemigos iban a bombardear el palacio presidencial y entonces un pelotón de soldados detuvo al piloto y decomisó el aparato. Camilo Daza fue obligado a abandonar el país de inmediato. El aparato permaneció a la intemperie y un año después, cuando al fin se pudo recuperar, faltaban unas piezas y se enmohecieron otras, se oxidó el fuselaje y se pudrieron la lona de las alas y el caucho de las ruedas. Además, para colmo de males, el motor se encontraba en pésimas condiciones. Terco y decidido, Camilo Daza trabajó en el avión durante meses, y el primero de septiembre de 1921, en Cúcuta, realizó su primer vuelo. Como el deterioro había hecho verdaderos estragos, el motor sólo resistió hasta el 2 de noviembre de 1922. Y esa fue la historia de “Santander”.
El segundo avión, “El Bolívar” llegó a Barranquilla en 1919. De allí lo trajo a Cúcuta Jorge Clopatofsky y se lo vendió a Camilo Daza en trece mil dólares. Fue entonces cuando este hombre concibió la descabellada idea de volar a Pamplona. A las diez de la mañana del 16 de marzo de 1923 despegó de Cúcuta, durante cuarenta memorables minutos siguió el curso del río Pamplonita y, por el único espacio que brindan las montañas en esta difícil geografía, por ese cañón, entró a la historia. La gente esperaba emocionada. Todos corrían como locos, saludando al piloto e impidiendo el aterrizaje en el Valle del Espíritu Santo. A última hora, para no atropellar a nadie, Camilo Daza aterrizó en un cerezo. El piloto se salvó pero los daños del avión fueron considerables. Un carpintero pamplonés hizo el nuevo fuselaje y un latonero se encargó del tanque de gasolina. Los arrieros trajeron las lonas y otros se encargaron de los cables. Los tacones de los zapatos fueron los amortiguadores del tren de aterrizaje. Un tal Emilio Mantilla hizo una nueva hélice. Meses después, los repuestos pedidos a Estados Unidos llegaron a lomo de mula desde Puerto Wilches. Al fin, con treinta kilos de exceso pero con un tanque de combustible más amplio, y desde un campo improvisado en las cercanías, el avión regresó a Cúcuta.
Vuelos muy distintos hicieron dos poetas mayores que tienen que ver con Pamplona: Jorge Gaitán Durán y Eduardo Cote Lamus. Fueron amigos y vivieron vidas paralelas y trágicas. Jorge Gaitán, de familia liberal, nació en Pamplona, falleció en Europa en un accidente aéreo y fue sepultado en Cúcuta, mientras Eduardo Cote, cucuteño y de familia conservadora, falleció en un accidente una madrugada, en La Garita, cerca de Cúcuta, y fue sepultado en Pamplona. Ahora la calle de la casa donde nació Jorge Gaitán termina precisamente en las puertas del cementerio donde descansan los huesos de Eduardo Cote. Ambos poetas viajaron a Europa, se codearon con los políticos y los intelectuales de su tiempo, escribieron unos primeros libros bastante malos y mejoraron con asombro. En 1955, con Hernando Valencia Goelkel, fundaron Mito, una revista de indudable prestigio. “Con Mito comenzamos todos”, dijo Gabriel García Márquez, quien publicó en uno de sus cuarenta y dos números El coronel no tiene quien le escriba, y en otro, “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, un cuento que Jorge Gaitán rescató de la cesta de la basura. Gaitán y Cote murieron en pleno esplendor y en el más bello momento de su escritura, antes de los cuarenta. Sus más grandes obras se quedaron en el territorio de los sueños.  
Otros nombres pamploneses han mantenido comercio con el aire y la belleza: el escultor Eduardo Ramírez Villamizar, la ceramista Beatriz Daza, el músico Oriol Rangel. Es tierra extraña Pamplona. Alguna magia trae el agua para que sean posibles frutos tan luminosos.
Pamplona tiene una hermana mayor en España, bonita y famosa por sus fiestas. Hemingway, apasionado de los toros, la puso en el mapa mundial de los años veinte. Pero ese es otro cuento. La Pamplona de Colombia tiene su encanto, algo distinto a la belleza, algo que tienen las mujeres feas que hace que los hombres se las disputen a muerte. En otro tiempo territorio de brujas, según dicen, y en épocas guerreras en lugar de importancia, Pamplona fascina a los forasteros. Bolívar durmió allí en una casa que todavía existe. Me pregunto si le ofrecieron una muchachita para calentar sus huesos.
Capital de la Provincia de Pamplona desde 1555, cuando Carlos V le otorgó el título de “Muy noble y muy hidalga ciudad”, y capital del Estado Soberano de Santander entre 1857 y 1886, Pamplona tuvo su esplendor. Bolívar la consideró alguna vez “Ciudad Patriótica” y muchos antes fue conocida como Pamplonilla La Loca. En enero de 1644 fue devastada por un terremoto. Trescientos veinte años después, en 1964, otro menos grave estremeció su armazón. En la primera sacudida, una hermana clarisa se acordó del niño que acompañaba a la Santísima Virgen y, gritando que el niño había quedado huerfanito, regresó a rescatarlo de los ruinas del convento. Un nuevo remezón derribó las vigas del techo. La estatua del Niño Huerfanito se salvó y aún se conserva, pero la monja perdió la vida. En 1902, las aguas contaminadas provocaron una gran emergencia sanitaria en Pamplona y el tifo y la viruela cobraron numerosas vidas.
La Semana Santa, que inicia con el Domingo de Ramos y termina con el Domingo de Resurrección, es toda una tradición en Pamplona y una de las más famosas del país. Propios y extraños acuden todas las noches a las procesiones: los paseos nocturnos de los santos de una iglesia a otra, a hombros de los nazarenos,  acompañados por los músicos y las sahumadoras, los caballeros de la cruz y las autoridades eclesiásticas, civiles y militares.
Si se observa sin pasión, se trata de un espectáculo de otros tiempos, casi medieval: los nazarenos lucen túnicas moradas ceñidas con lazos y gorros puntiagudos que cubren su rostro, las sahumadoras visten largos y blancos trajes virginales, los sacerdotes exhiben sus lujosas y ornamentadas ropas, y los santos, su tormento y sus heridas. Es una ceremonia de dolor y expiación.
Entre el Río Chiquito y el Chorro de los Negros ya no queda nada de los antiguos dueños de la tierra: los chitareros. Ya no queda nada del español Pedro de Ursúa ni de los perros que trajo para doblegar a los indígenas ni de las tumbas que saqueó. La ambición del oro lo trajo a estas tierras. A principios de 1549, con Ortún Velasco y otros, hizo parte de la expedición que salió de Tunja en busca de “El Dorado”. No lo encontraron pero fundaron a Pamplona ese mismo año. Ortún Velasco murió de viejo en estas tierras y Pedro de Orsúa se fue al cabo de un año. En realidad, tuvo que huir de la Nueva Granada y terminó en el Perú, donde conoció a Inés de Atienza, rica, bella y viuda. Con las riquezas de esta mujer, el ambicioso Pedro de Orsúa continuó la búsqueda de “El Dorado” por el río Amazonas en 1559. La aventura salió mal por numerosas razones: el invierno que aumentó el caudal del río, las enfermedades, la escasez de alimentos, el acoso de las tribus. Pedro de Orsúa murió por órdenes de Lope de Aguirre, y la bella viuda, asediada por el delirio de los hombres, también tuvo un final trágico.
Ya nada queda del esplendor de Pamplonilla La Loca, del oro y la plata, de las herraduras de oro, de las monedas arrojadas a la multitud, de las minas de Vetas y la Montuosa, donde fallecieron miles de indígenas. La sed de la corona española era insaciable.
Ya se desvaneció en la tierra la sangre de los hombres que lucharon en las guerras de la independencia y en otras. Han sido tantos nuestros muertos. Ha sido tan violenta la historia del país. La sangre, en realidad, no deja de derramarse.
Ya no existe la Compañía Molinera de Herrán. Ni la fábrica de cerveza.


El Naranjo, vereda de Pamplona, 2009

Pamplona crece despacio y se mueve lento. Desde hace unos cuantos años hay semáforos y servicio urbano de autobuses. Los costeños se sorprenden con el silencio, la limpieza y el frío miserable. Otros, con las frases de amor de los muros, la niebla, el pan, los dulces, las muchachas. Las calles de Pamplona rebosan de muchachas de todo el país sin dios ni ley, enviadas por sus padres a realizar la carrera universitaria: una razón de peso para recorrerlas. Para quienes se interesan por el paisaje urbano, tenemos la antigua Catedral y unas cuantas iglesias, la Casa de las Tres Marías o el Museo de Arte Moderno Ramírez Villamizar, la Casa Colonial, el Museo Anzóategui, el viejo y ahora remodelado caserón donde comenzó a funcionar la universidad, la Casa de las Cajas Reales y la Casa de Mercado. 
Se le considera una ciudad estudiantil, por supuesto. En el siglo pasado, cuando tenían plata, los venezolanos enviaban a sus hijos a estudiar en Pamplona y los fines de semana venían de compras. “Cuánto vale esto, chico, dame dos”, eran sus desgastadas frases. Ahora vienen a la Universidad de Pamplona jóvenes de diversas ciudades de Colombia, en especial de la zona norte, y la geografía humana se ha enriquecido. Si bien hay un progreso económico y la gente alivia sus penurias brindando alojamiento y comida a los fuereños, la ciudad ya no es la misma. Se soltó el moño, por decirlo de alguna manera, ya no es el lugar plácido y seguro de otros años. La plazuela se mantiene en rumba casi perpetua y evidencia la rivalidad entre costeños y cachacos. Por otra parte, cara de la misma moneda, la plaga del amor mantiene en alto la cosecha de bebés.
Pamplona es la geografía básica de mis ficciones. Pero, en realidad, se trata de una geografía fantástica, con aeropuerto y tren, de una ciudad más grande que la verdadera, un territorio que permite otro tipo de historias y cierta complejidad. En mi escritura el tren viene de San José, pasa por La Donjuana y El Diamante y sube jadeante a Pamplona. De ahí sigue hacia el páramo, hacia Berlín y luego a Sacramento. San José es parecida a Cúcuta y Sacramento a Bucaramanga. Los nombres verdaderos no me convencen en la ficción. Estos territorios cuentan con sus emisoras y periódicos, con sus bares, parques y callejones.
Aunque voy de un país a otro, de una ciudad a otra, todavía vivo en Pamplona, allí tengo mi casa, allí tengo mis libros, allí tengo mis perros. Allí descansan los huesos de mi madre, allí crecieron mis hijos, allí planté mis árboles. Durante años renegué de Pamplona y luego entendí que era el lugar del universo destinado para mí. Voy a otros países con frecuencia pero sé que nunca me desprenderé de Colombia: hablo colombiano y me fascinan hasta los huesos de las mujeres colombianas, cuya belleza es tan celebrada en el mundo entero, casi tanto como las novelas de García Márquez o las esculturas de Botero.

Y ahí sigue Pamplona, principio y fin, como detenida en el tiempo. Allí sucedió todo. O casi todo. Allí no sólo conocí el viento y practiqué la magia de las cometas: allí aprendí a volar. Quiero decir, escribí mis libros. Quiero decir, me enamoré. Quiero decir,  soñé con el resto del mundo. Y ahora que voy por el resto del mundo, sueño con el universo de Pamplona, territorio del viento, corazón de la niebla.





viernes, 24 de julio de 2015

Juego de tronos / La presencia de Jon Nieve en el rodaje desata rumores

Kit Harington como Jon Snow

‘Juego de tronos’

La presencia de Jon Nieve 

en el rodaje desata rumores

AVISO IMPORTANTE: Esta noticia contiene 'spoilers' sobre la quinta temporada

El actor que interpreta al personaje aterriza en Belfast donde se graba la sexta temporada


    Los actores Ben Crompton y Kit Harington en una calle en Belfast. / @LORDSNOW
    ¡Silencio! Se rueda la sexta temporada de Juego de Tronos. Y —mientras que el rodaje no aterrice en España— todas las miradas están puestas en Belfast, donde los actores han comenzado a ser fotografiados antes de asistir a las primeras lecturas del guion. Daenerys (Emilia Clarke), Arya (Maisie Williams) y Sansa (Sophie Turner) ya han compartido sus aventuras por las redes sociales, pero no es ninguna de ellas las que atraen todas las miradas, sino un joven con el pelo largo al que los seguidores se niegan a dejar marchar. Tras dejarse ver en el torneo de Wimbledon, Kit Harrington, supuestamente fuera de la serie, está en Irlanda del Norte, y su pelo, que los fans han convertido en un personaje más en la saga, sigue siendo igual de largo que el del malogrado Jon Nieve (o Jon Snow).
    A ritmo del hashtag #HairWatch, el pelo largo del actor se ha convertido en uno de los temas más comentado por los seguidores de la serie, una supuesta ventana a los spoilers que vendrán. Y es que, pese a la insistencia de los creadores y del actor sobre la definitiva muerte a puñaladas del comandante de la Guardia de la noche, la última escena del personaje no dejaba del todo claro que Snow hubiera perecido, así que los espectadores comenzaron a forjar sus propias teorías. En el quinto libro, Danza de dragones, además, la escena –menos clara incluso- no ha tenido todavía continuación, dando a entender que su mente al menos había sido transportada a la de su lobo huargo Fantasma (concepto de cambiapieles que en televisión, sin embargo, no ha sido demasiado desarrollado).

    jueves, 23 de julio de 2015

    Fernando Iwasaki / Español de gavilanes

    Español de gavilanes

    El repentino furor por el español en Croacia, Letonia o Ucrania es mérito exclusivo de las telenovelas latinoamericanas, que arrasan en los horarios de máxima audiencia



    ¿Por qué se estudia el español en países como Ucrania, Eslovenia o Macedonia? ¿Quizá porque los libros de Cervantes, Borges o García Márquez todavía levantan pasiones por Armenia, Lituania o Bosnia-Herzegovina? ¿Acaso los rusos, moldavos o húngaros requiebran al personal con versos de Bécquer, Neruda o Sabines cuando están enamorados? Pues no, la literatura en español ya no es lo que era si se trata de atraer alumnos hacia los departamentos de estudios hispánicos de las universidades checas, polacas o letonas. ¿Será que armenios, estonios y azerbaiyanos han llegado a nuestro idioma gracias al ceviche, la enchilada, el salmorejo u otras delicadezas de las sofisticadas gastronomías hispánicas? Tampoco. ¿Y si el vistoso fútbol de España, Uruguay o Argentina ha popularizado voces como “garra”, “bicicleta” o “tiqui-taca” en Serbia, Grecia o Eslovaquia? Nanay, porque la “chilena” es skarice en serbio, psalidaki en griego ynožničky en eslovaco, que en los tres casos se traduce como “tijera”. No. El repentino furor por el español en aquellos remotos parajes de Europa es mérito exclusivo de las telenovelas latinoamericanas, que arrasan en los horarios de máxima audiencia a pesar de estar subtituladas. En realidad, si los culebrones no conservaran sus originales versiones colombianas, argentinas, venezolanas y mexicanas, sin duda habría menos alumnas de español.
    He escrito “alumnas” con todas las consecuencias, porque en la Universidad de Zagreb descubrí que por cada 60 muchachas tan sólo había un alumno varón en un departamento de casi 300 estudiantes. “¿Por qué te interesó el español?”, le pregunté a Dominik Rajacic, que bendito parecía entre todas las mujeres: “Porque mi mamá y yo vimos Rubí, Acorralada y Mariana de noche”, me respondió rotundo. Algo parecido le sucedió a Ana Krce Ivančić, de Dubrovnik, cuya fascinación por el español nació mientras disfrutaba los capítulos deEsmeralda, Rebelde y, sobre todo, Pasión de gavilanes, el auténtico huracán hispano que removió los cimientos de Croacia y convirtió a sus habitantes en eslavos de nuestras obsesiones. Gordana Matic, profesora titular de la Universidad de Zagreb y una de las animadoras del Festival of the European Short Story de Zagreb, reconoce que el hispanismo croata se mantiene gracias al hechizo de las telenovelas, pues “nuestras alumnas llegan abducidas por Gata salvaje o Sos mi vida, y en nuestra Facultad descubren a Leopoldo Marechal, Juan José Arreola o Augusto Monterroso”. Gordana Matic también me admite que se raspó todos los episodios de Kassandra, el culebrón más seguido por todo el planeta (128 países) y que durante la guerra de los Balcanes propiciaba treguas tácitas e informales porque nadie quería perderse las malandanzas de aquella indomable gitana enamorada de un pituco relamido.
    Los hispanistas de principios del siglo XX llegaron a nuestra lengua a través de Cervantes, Quevedo, Lope, Juan de la Cruz y los autores del Siglo de Oro; mientras que Borges, García Márquez, Cortázar,Vargas Llosa y los escritores del boom fueron quienes remozaron la hueste del hispanismo durante el último tercio del siglo XX. ¿Quién nos habría dicho que los hispanistas del siglo XXI descubrirían la pólvora de nuestro idioma por medio de Topacio, Cristal y Betty la fea? La verdad es que en Croacia ni siquiera hace falta saber castellano para caer embrujado en las redes del español, pues Katarina Crnčić –asistente de coordinación del Zagreb Film Festival– me explicó en inglés que todos los croatas emplean palabras en nuestra lengua porque aprenden a usarlas en los contextos precisos gracias a los culebrones. Como no me lo pude creer, le pedí que me pusiera un ejemplo, y entonces Katarina me miró gavilanamente mientras me espetó con un vago acento paisa: “¡Déjame!”.



    martes, 14 de julio de 2015

    Rebecca van Cleave / Doble de cuerpo de Cersei Lannister en Juego de tronos




    Rebecca van Cleave
    DOBLE DE CUERPO DE CERSEI LANNISTER
    EN JUEGO DE TRONOS

    Barcelona. (Redacción).- Ser doble de cuerpo es un trabajo poco agradecido porque pocas veces se pasa al primer plano de la industria. Pero era cuestión de tiempo que se descubriera la identidad del cuerpo de Cersei Lannister después del final de temporada de Juego de tronos. Se trata de Rebecca Van Cleave, una modelo y actriz prácticamente desconocida (su currículo es escaso) que pasó el difícil proceso de cásting de la serie de HBO. Según la revista Entertainment weekly, fueron 1000 mujeres quienes optaron a sustituir el cuerpo de la actriz Lena Headey. ¿Su recompensa? Pasarse tres días desnuda en Dubrovnik, además del cheque por el esfuerzo.

    "Es una de las experiencias más aterradoras, maravillosas y gratificantes que pueda llegar a imaginar", confesó Van Cleave. Y es que el rodaje fue íntimo a pesar de lo brutal que resulta pasearse desnuda entre una horda de 500 extras cuyo trabajo era insultar y tirar comida al personaje de Juego de tronos. "La primera vez que me quité la ropa, había mucha anticipación. Pero es una experiencia tan emocional para Cersei, que casi olvidas el hecho que estás desnuda", explicó la actriz sobre su trabajo, que después vería cómo el departamento de efectos visuales cambiaba su cara por la de Headey.

    Headey, que rodaría la misma escena tapada por una ropa color carne, no se desmarcó de las escenas de su doble. "Lena fue muy buena andando a mi lado, guiándome entre los pensamientos de Cersei y los movimientos", confiesa la actriz británica, que también está intentando comenzar una carrera como cantante.

    Van Cleave, de hecho, es la primera fan de Headey, que prefirió centrarse en su interpretación y no tener que preocuparse por el físico durante la polémica y esperada escena de Juego de tronos. "Lena puso su corazón y su alma en esa escena. Debería hablarse del producto final, no sobre qué cuerpo y qué cabeza aparecen en la escena", defiende ante las críticas que consideran que Headey no se comprometió con un instante tan clave de Cersei Lannister.




    miércoles, 1 de julio de 2015

    Literatura televisada / Los showrunners


    Breaking Bad

    Literatura televisada

    Los 'showrunners', autores de series, se consolidan como escritores de una nueva forma literaria. Así hablan de su oficio



    Steve Buscemi, estrella de la serie 'Boardwalk Empire', en una escena de la quinta temporada.
    Carlton Cuse, el creador junto a Damon Lindelof de Perdidos, todavía recuerda su paso por Madrid para dar una clase magistral. "Se me acercó un alumno y me contó que se había encerrado con una bolsa demaría y toda la serie, y así la vio completa. Había sido otra lectura", dice riéndose al comentar esa otra experiencia. Lo de menos en esta anécdota jocosa es la marihuana, el productor ejecutivo y guionista se refiere a esta historia para hablar de "la experiencia" en la que se ha convertido el medio televisivo: "Vivimos en una era en la que las series tienen una vida que no tenían antes. Ha habido una evolución en el medio, se consume de otro modo, como una historia completa, y a tu propio ritmo. Por eso creo que las series son los nuevos libros, una nueva forma de literatura", dice para resumir un sentimiento que baña la llamada edad de oro de la televisión.
     Esta misma idea de la nueva literatura televisada la comparten tanto el público como la crítica, pero sobre todo los autores, los creadores o showrunners, término por el que se les conoce en inglés y que engloba el trabajo como escritor, productor y en algunos casos hasta como director. "Es el mejor trabajo: aúna las labores de producción, con el manejo de toda la serie, pero ante todo está la escritura", detalla Lindelof, pareja creativa de Cuse en Perdidos. "Disfrutamos de un modelo que nos permite hacer lo que hasta ahora las novelas han hecho a la perfección: contar historias largas, con personajes sólidos, y un arco dramático cambiante, algo que Dickens hacía muy bien. Este es un estilo al que hemos vuelto", explica Elwood Reid, showrunner de la serie The Bridge.
    El punto de inflexión en la transformación que ha experimentado la llamada caja tonta hasta convertirse en una nueva literatura llegó hace diez o quince años. No hay una fecha exacta, pero sí un nombre: el de David Chase y su drama televisivo, Los Soprano. Antes hubo series que hicieron historia, como Canción triste de Hill Street o Twin Peaks. Y a principios de los noventa también destacaron nombres como el de J. J. Abrams o el de Joss Whedoncon series como Alias o Buffy cazavampiros. PeroLos Soprano, además de marcar el comienzo de la edad de oro, cambió la forma de narrar, acercándose más a lo que conocemos como literatura. "No hay duda de que, tanto en el desarrollo de los personajes como en el de las historias, la televisión de la última década está muy por encima de lo que puedes ver en cine", constata Nic Pizzolatto, novelista y autor de True detective. No es el suyo el único caso de novelista-guionista: Dennis Lehane, uno de los grandes de la literatura negra, es además productor y guionista de Boardwalk Empire. Como dice Jodie Foster, la actriz que ha dirigido algunos episodios de House of Cards y Orange is the new black, la televisión actual es un nuevo universo especialmente atractivo porque en él es la historia lo que cuenta. “Ann Biderman es ante todo y sobre todo una escritora”, subraya el actor Liev Schreiber sobre la creadora de Ray Donovan, otra de las series que ha destacado por el inteligente uso de las palabras.
    Algo en lo que coinciden todos los showrunners —ya sea Michelle Ashford, creadora de Masters of sex; Ronald D. Moore, al frente de Outlander, o Matthew Weiner, autor de Mad Men— es en que se describen como escritores. Son un grupo de autores unidos por un uso particular de las palabras, que expresan a través de imágenes, y para quienes la regla de oro es "seguir lo que está escrito", no separarse del guion. "Yo te llegaría a decir que la televisión es el mejor teatro que se puede ver en la actualidad", añade otro de los creadores entrevistados por Babelia, el reverenciado Aaron Sorkin, guionista y dramaturgo además de showrunner de series como The Newsroom o El ala oeste de la Casa Blanca.
    El espacio donde afloran las diferencias es en el proceso creativo. Por ejemplo, para Sorkin lo fundamental es el ritmo, el diálogo. Se considera un pésimo narrador, pero sus diálogos fluyen como si fueran música. Y, como buen escritor, le gusta trabajar a solas. Lo mismo les ocurre a otros autores como Pizzolatto con su True Detective o a Julian Fellowes y Downton Abbey. Dicen que lo que más aprecian de su trabajo es poder disfrutar de la soledad del escritor. Un caso notable fue el de Reid, quien no disimuló ante la prensa su alegría tras la marcha de Meredith Stiehm, cocreadora deThe Bridge: “Finalmente estoy escribiendo la serie que quería escribir”, declaró entonces.
    Todos vienen del campo de la literatura y esto puede explicar su búsqueda de la soledad, pero es algo excepcional entre los showrunners. La mayoría de los creadores aprecia el trabajo en grupo. "Lo mío es la colaboración. En la actualidad con Tom Perrottay, por lo general, en una habitación llena de escritores. Las ideas son mejores si vienen de cinco o seis mentes", dice Lindelof, en cuya última serie, The Leftovers, ha unido su destino profesional al del novelista de Juegos secretos. Para Lindelof, la vida de un novelista es "una existencia muy solitaria". Para Cuse, "un dolor de muelas". Otros, como el matrimonio King —Robert y Michelle—, ni se plantean lo de encerrarse a escribir a solas: trabajan al alimón en el drama The good wife y se llevan la historia a casa, compartiéndola incluso con su hija durante las cenas familiares. Lo mismo ocurre con David Crane y su pareja, Jeffrey Klarik, autores de Episodes. "El proceso de creación es constante, en el coche, en la cocina… ¿Qué pasaría si…? Un infierno lleno de amor", dice Crane, que también estuvo detrás de la serie Friends.
    Los Soprano, además de marcar el comienzo de la edad de oro, cambió la forma de narrar, acercándose más a lo que conocemos como literatura.
    El llamado Writer’s Room o sala de guionistas es el centro de la creatividad para todos ellos. "El resto de la producción es el mal necesario", agrega Ashford. Lo importante son esas páginas que salen de la sala. Una habitación en la que, a juzgar por algunas de las descripciones, lo que ocurre es más parecido al baño de sangre de Juego de tronos que a un intercambio de ideas. Hay autores que dividen el trabajo por capítulos, según quién esté disponible. Otros —como los King— se fijan más en la temática, para dar con el experto en la materia. Ashford reescribe el texto una vez recibe el trabajo de los que están con ella en esa habitación. Weiner va a la defensiva cuando toca descuartizar el episodio que él ha escrito, pero acepta correcciones (aunque no siempre las siga). "Al final es tu nombre el que representa la serie", explica la autora de Masters of sex, contenta con esta continua colaboración, pero consciente de que escribir una serie no es algo que se ajuste a los mismos parámetros de un régimen democrático. "Lo ideal es alcanzar ese punto en el que todos pensamos como si fuéramos una sola mente", detalla Biderman.
    Donde más se ve la mano del autor, donde su trabajo es más comparable al de un novelista, es en el piloto y en el final. La mayor parte de las veces ese primer episodio se escribe en solitario o llega muy perfilado a la sala de guionistas para encontrar allí más palabras, más diálogos. Los finales también suelen quedar reservados al autor. Hay quien jura y perjura conocer el final de la historia desde que esta arranca. "Ann es una visionaria", dijo el veterano intérprete Jon Voight sobre la creadora de Ray Donovan, quien, pese al férreo control que ejercía sobre su obra, ha aceptado "accidentes felices" como las improvisaciones del actor en el set. Pero saber adónde van con su obra no elimina la angustia del final. Así lo recuerda Vince Gilligan, autor de Breaking Bad, quien, pese a las buenas críticas recibidas por el final de su serie, vivió su puesta en página, primero, y luego en pantalla como una verdadera pesadilla, con una voz en su cabeza que le decía que no iba a ser lo suficientemente bueno.
    Son un grupo de autores unidos por un uso particular de las palabras, que expresan a través de imágenes
    En el caso de Cuse y Lindelof la voz fue real, la de los seguidores de Perdidos desencantados con un finalque para sus creadores fue una "catarsis" que recibieron con lágrimas en los ojos. "Lo que también ha cambiado en la televisión es ese contacto más directo con tus seguidores", explica Lindelof, sabedor de que los escritores de series han perdido el anonimato en el que se movían. Ahora los showrunners son las nuevas estrellas. "Sabes que detrás de Breaking Bad está Vince Gilligan, y detrás de Los Soprano, David Chase. Hay un verdadero sentimiento de autor", añade. Un autor que nunca se puede permitir el temor a la página en blanco. No hay tiempo. Y que, curiosamente, a pesar de hablar todo el tiempo de la nueva literatura, apenas menciona un libro como fuente de inspiración. El cine europeo de Antonioni o Fellini es el referente de Cuse. E Ingmar Bergman, el de Ann Biderman, a pesar de que su madre era íntima de Allen Ginsberg y ella formó parte de la escena artística del hotel Chelsea. Cabe convenir con Reid en que al final la televisión hoy es el centro de una conversación "como la que antes manteníamos sobre libros y cine".