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sábado, 29 de noviembre de 2014

Colita / El profundo desprecio que siento hacia los políticos

Colita y Gabo

Colita

"No puedo expresar el profundo desprecio 

que siento hacia los políticos"


Con la libertad del que ha dicho y hecho lo que le ha dado la gana toda la vida, la fotógrafa nos recibe en su casa barcelonesa para repasar algunos de los mejores capítulos de su trayectoria.

Colita, el ojo crítico
Colita en su rincón de trabajo.
Foto: Sergio Moya
Colita vive sola con sus cuatro gatos en una casa tranquila y soleada en medio de Barcelona, y, sin embargo, no se puede decir que haya nada solitario en esta mujer fuerte y decidida, malhablada, sensible y sumamente educada, que, sin otra voluntad que retratar a sus amigos, realizó algunas de las fotografías más importantes de su época.
¿Cómo empezó su afición a la fotografía?
Mi padre era ingeniero y siempre me obsequiaba cosas útiles. Cuando cumplí 12 años, me regaló una cámara. Empecé a hacer fotos a mi familia, a los gatos, a todo lo que me rodeaba. Algunos años después, conocí a Oriol Maspons y descubrí que los fotógrafos hacían lo que les daba la gana, lo pasaban pipa y, encima, cobraban. Pero nunca me dije: «Voy a ser fotógrafa». Lo que yo quería era ir a tomar copas a Bocaccio, pasar los fines de semana en la Costa Brava y divertirme.
Su familia pertenecía a la burguesía, ¿la apoyó? ¿Le parecía normal que una mujer quisiera ganarse la vida haciendo fotos?
El plan era que fuese farmacéutica, pero acabé haciendo Letras. Primero quise ser azafata, para largarme de casa lo antes posible. Cuando se lo dije a mi padre, exclamó: «¿Acaso quieres ser una criada?».Y cuando, más tarde, le dije que iba a ser fotógrafa, dijo: «¿Fotógrafa? ¿Como esos desgraciados que en los aperitivos del Ayuntamiento se lanzan sobre la comida?». Entonces me fui unos meses a París. Como me negaba a volver, tuvieron que venir a buscarme.
Colita, el ojo crítico
La fotógrafa tiene una vitrina donde resguarda sus antiguas cámaras.
Foto: Sergio Moya
Y regresó a Barcelona.
Sí. Y conocí a Paco Revés, un personaje clave en mi vida. Estaba haciendo el casting para la película Los Tarantos y me llevaba con él a ver a los gitanos. Lo pasaba pipa. La idea siempre era pasarlo bien. Muchas veces no puede ser, claro, pero no me resigno.
Y conoció a Carmen Amaya.
Sí, me llamaba «torera», le caía simpática, fue la primera persona que me compró una foto, pero nunca fuimos amigas. Ella se hacía sobre todo con los gitanos.
¿Llevaba siempre la cámara encima? 
No era una obsesa, solía llevarla, pero no siempre. Ahora todo el mundo se retrata constantemente. Yo no estoy en Instagram, pero me parece estupendo. La fotografía es un lenguaje, y que ese lenguaje haya transcendido a todo el mundo está muy bien.
Colita, el ojo crítico
Las paredes de su casa están cubiertas de fotografías.
Foto: Sergio Moya
Fotografiaba a sus amigos.
Sí, cuando me emborrachaba con Jaime Gil de Biedma no sabía que iba a ser el mejor poeta de su generación. Pero al conocerlo, pensé: «Ay, yo te necesito en mi vida, yo quiero verte, todo el rato». Cuando ahora me preguntan que de qué hablábamos… pues no sé, hablábamos de libros, claro, pero lo que hacíamos, sobre todo, era beber y cantar boleros. Eso es la amistad, ¿no?
¿Cómo era Jaime Gil de Biedma?
Era una de las personas más increíbles que he conocido. No solo era guapísimo, sino que era muy inteligente, muy culto, aunque nunca te lo restregaba por las narices. Pero no aguantaba la estupidez, le vi dar algún rapapolvo terrible. Yo tampoco aguanto la estupidez. A veces, prefiero la ignorancia a la estupidez.
¿Echa de menos a sus amigos? Su casa está llena de fotos, de recuerdos.
Cada día. Los amigos no se borran nunca, son una parte esencial de la vida. Yo no olvido.
Colita, el ojo crítico
Colita mirando por la ventana que da a su jardín.
Foto: Sergio Moya
¿Cómo era la Gauche Divine?
Éramos un grupo de gente que nos gustábamos, que nos llevábamos bien, que pasábamos los veranos juntos. Se daba por sentado que éramos inteligentes, brillantes, divertidos y sexies. Estábamos encantados de habernos conocido. Trabajábamos mucho pero no nos tomábamos en serio.
¿Y Joan Manuel Serrat? ¿Cómo lo conoció? 
Una noche, conocí al dueño de una discográfica en la barra de Bocaccio, me lo presentó su mujer. Me dijo: «Ah, ¿tú haces fotos? ¿Por qué no me vienes a ver mañana a la oficina? Al día siguiente, estaba retratando a Serrat. Tenía muchas ganas de juerga todo el día. Recuerdo que venía a casa a ver el fútbol.
Hizo de reportera gráfica durante años. ¿Qué opina de la reforma de la ley del aborto? 
Yo siempre he ayudado a las mujeres que no querían tener hijos, también a las que sí querían y eran madres solteras o lo que fuera, y pienso seguir haciéndolo. Estoy a favor de la libertad de la mujer, en lo que se refiere a su coño, y en todo lo demás.
Colita, el ojo crítico
Herramienta mítica Manipulando su vieja Pentax.
Foto: Sergio Moya
Vive en Cataluña, ¿qué piensa sobre el independentismo? 
Yo soy primero barcelonesa, después catalana y, hasta hace poco, española. Pero, como muchos españoles, tengo un problema con el PP. No puedo expresar con palabras el profundo desprecio que siento hacia la clase política española. Que Cataluña sea independiente me importa un bledo, siempre y cuando la clase política actual quede totalmente eliminada. Si siguen los mismos, yo me borro. Hay que sacar a todas esas momias, que venga gente nueva, aunque se equivoque. Los de mi generación ya estamos cansados, cansados de firmar una carta de reivindicación cada día. A veces me pregunto qué hemos hecho mal.
Se ha acabado el tiempo de la entrevista y nos acompaña hasta la entrada. En la puerta nos mira, al fotógrafo y a mí, y dice: «Yo, de vosotros, empezaría a construir una guillotina y la colocaría en Plaza Cataluña». Cierra la puerta. La oigo alejarse canturreando.
Colita, el ojo crítico
El ordenador de la fotógrafa con una de sus conocidas imágenes: Vargas Llosa, Donoso, García Márquez y sus mujeres.
Foto: Sergio Moya
Colita, el ojo crítico
¿Quién no querría tener un «gallifante» en casa? Ella lo tiene.
Foto: Sergio Moya
Colita, el ojo crítico
La fotógrafa, de niña, con su hermano y su madre.
Foto: Sergio Moya
Colita, el ojo crítico
En su casa hay una habitación dedicada al orden de su material gráfico.
Foto: Sergio Moya
Colita, el ojo crítico
Colita guarda el chaleco de sus años de reportera gráfica.






lunes, 3 de noviembre de 2014

Cees Nooteboom / Alemania ha superado su pasado. España no.


Cees Nooteboom: 

“Alemania ha superado su pasado. España no”

El autor holandés creció bajo la sombra de la ocupación alemana y se convirtió en referente europeo sobre Berlín, su pasado y sus misterios.

Viajero, poeta y novelista incansable a sus 81 años, cuenta a Babelia por qué un escritor debe aprender a convivir con su silencio.




Cees Nooteboom posa en el parque del Retiro de Madrid. /BERNARDO PÉREZ
Podíamos haber abordado esta historia como se aborda la historia: con método, con ciencia, con especialistas. Habría sido interesante, académico, irrebatible y digno de alguna irreprochable tesis doctoral más, por qué no. Pero había otra opción: hacerlo de la mano de un poeta que jamás se graduó, que no pudo con las matemáticas y que, por no entenderlas, se inventó sus propias reglas, su lógica. Cees Nooteboom (La Haya, 1933) se bebió el mundo viajando, aprendió idiomas escuchando a camioneros que poco sabían de gramática mientras se licenciaba en baches haciendo autoestop y se convirtió en autor sin darse cuenta. Sin planes.
Por eso, y porque escribió dos obras necesarias sobre Berlín y las cicatrices europeas (El día de todas las almas y Noticias de Berlín,ambas en Siruela), elegimos abordarlo a su manera.
Cuenta Nooteboom que él vive la historia como una gran poesía de rimas que regresan y regresan, de acontecimientos que reflejan otros acontecimientos del pasado. La primera rima de su vida fue la guerra, cuando el niño Cees contempló de la mano de su padre la llegada de los alemanes a Holanda. "Los primeros alemanes vinieron del cielo; los siguientes, del agua, con el desaliño que es típico de la muerte. Solamente después vinieron por tierra, en largas filas grises". Eso y el bombardeo inglés que en 1945 mató a su padre fue el inicio de todo, de su perplejidad, de la incomprensión que le empujó a buscar explicaciones. Su siguiente rima fue Budapest, la represión soviética de 1956, que vivió in situ. Y la siguiente, la caída del Muro, que le sorprendió sin sorprenderle demasiado viviendo precisamente en Berlín. Y esa no fue sencilla.
— Escribe que se complicó porque Alemania tenía que vérselas con dos pasados a la vez. ¿Ha logrado superar ambos pasados, digerirlos?
— En cierta manera sí, pero hay mucha gente con pasados diferentes. Cuando cayó el Muro no solo había dos, sino tres y hasta cuatro pasados a la vez.
Nooteboom habla cerca del Retiro, en Madrid, en un sábado fresco de pleno sol, y lo hace sin prisa, riendo cada dos por tres y en español, la lengua que practica en los meses de verano que pasa en su casa de Menorca, donde disfruta luchando por domesticar el jardín y, si pudiera, una cultura mediterránea a la que le encantaría inyectar un poquito más de seriedad.
— Imagina que sales de casa y puedes andar solo hasta el Retiro porque hay un muro en todas partes. Imagina que tu familia vive al otro lado de Atocha y allí hay una vida totalmente diferente, con colas, con policías que te ponen espejos bajo el coche para pasar a verlos. Era muy, muy extraño.
En el Berlín dividido vivió en 1989, en un territorio en el que un superviviente del imperio coexistía con el revolucionario que lo derribó; o un don nadie del nazismo se había convertido en héroe del comunismo.

Palabra de Nooteboom

Marcado por su niñez en una Holanda ocupada, el autor reflexiona en sus obras sobre el pasado y su relación con el presente. Y eso, el tiempo, es el plato estrella de Noticias de Berlín.Algunas citas:
El tiempo: "Nadie sabía qué era el tiempo, y aunque a todos los relojes del mundo se les diera forma circular, el tiempo seguía avanzando en línea recta, y el hombre no podía evitar un vértigo mortal al pensar que esa línea pudiera tener un final".
La memoria: "Si uno tuviese que acordarse de todo, reventaría. Sencillamente no hay sitio para ello. El olvido es una medicina, y hay que tomarla a tiempo".
El pasado: "Nunca se había sentido muy cómodo en el ahora, dado que, por su forma de ser, no podía evitar ver siempre ese ahora coloreado y determinado por el pasado. La mayoría de la gente parecía poder vivir perfectamente sin tener que pensar en un pasado, y países enteros, si resultaba conveniente, parecían capaces de olvidarse de su pasado con una facilidad pasmosa".
La guerra y el sentido de escribir: "La guerra es un caos que después, engañosamente, parece orden. Mi juventud fue un caos en busca de la claridad que, para mí, solamente se podía encontrar en la escritura. Esto es algo que se tarda mucho en descubrir. El caos crea forasteros. Los forasteros tienen que inventarse sus propios mundos para sobrevivir, el caos del yo en medio del ordenado mundo de los otros".
La historia como poesía: "La rima es un concepto de poesía, pero tiene para mí, probablemente por analogía, otro significado: unos acontecimientos que reflejan otros acontecimientos, a veces también formas de justicia histórica, confirmaciones de un presentimiento profético, un alivio casi metafísico de ver que la historia no solo está cambiando de curso, sino dando un viraje radical y buscando su opuesto".
— Había cuatro pasados a la vez. Y al otro lado, además, democracia. Es imposible que quien ha vivido todo eso lo digiera con normalidad. Recuerdo que yo estaba en pro de la unificación mientras mis amigos de Berlín estaban acostumbrados a una posición claustrofóbica de lujo. En una situación así, las culpabilizaciones son cruzadas, además hay divisiones regionales y más neonazismo en el Este. Es un país complicado, pero en general lo han hecho muy bien.
Tras la caída del Muro se sintió forastero en Berlín y cuando va aún busca involuntariamente las marcas de esa Atocha que se han ido borrando de la ciudad. Le sorprendió el ansia de lavadoras y coches que se escondía tras la búsqueda de libertad. Pero también la fortaleza, la entereza para asimilar el pasado.
—¿Le ha decepcionado la naturaleza humana?
— El materialismo se veía en todo el Este, eso existe, es la condición general. Pero también estaban obsesionados consigo mismos. Después de una etapa de imposibilidad del duelo, ha habido un momento en que los hijos han dicho a sus padres: "¿Qué has hecho tú en la guerra?". Y ha habido un cambio muy profundo, de cierta manera al otro extremo, muy protestante, lo que los japoneses nunca han hecho. En Japón los criminales de guerra eran héroes; en Alemania es diferente, siempre hay otro desaparecido, otra historia que investigar. En Alemania el tema siempre vuelve.
— Habla de esa Alemania escondida que necesita restituirse. ¿Cree que se ha restituido Alemania? ¿Lo ha hecho bien?
— Creo que sí y han encontrado muy buenas personas para hacerlo, gente como Angela Merkel o Joachim Gauck; gente que no tiene ninguna sospecha como aquí, donde son unos corruptos en cierta manera. El gran misterio es por qué pasó todo eso, porque también ellos deben reconocer que eran alemanes los que han hecho todo eso, no lo comprenden y se sienten culpables. Pero por otro lado han trabajado, han ganado la guerra en cierta manera. Para los ingleses es muy difícil digerirlo porque Alemania es un país completamente destruido que empieza de nuevo con nada y ¡arriba!
— Su libro critica a Alemania por intentar mirar al Sur con esa superioridad de quien necesita imponerles unas reglas.
— Han tenido siempre una idea muy nostálgica del Sur, se ve en Holderlin o en Goethe con su viaje italiano… El Sur era un ideal, pero en cierta manera esta Europa ha sido decepcionada en la práctica por los griegos, los españoles e italianos.
—¿Con razón?
—Sí, creo que con razón también, sí. La clave está en la ética protestante nórdica y una manera de vivir en el Sur que es diferente, y esto es como el carácter de los hijos que salen diferentes, no lo puedes evitar. Creo que los alemanes deberían adoptar un poco del carácter sureño, y los sureños, un poco del carácter estricto alemán.
En su discurso, como en su obra, vuelven las rimas de la historia. Nooteboom tenía 22 o 23 años cuando dos amigos fotógrafos le llamaron una noche: "Hay revolución en Budapest, vamos". Y se fue con ellos. Allí revivió las imágenes de asesinatos y guerra que recordaba de niño. “La gente nos preguntaba: ‘¿Cuándo vienen ustedes a ayudarnos?’. Pero yo sabía que nunca. Y esta ha sido una experiencia fundamental para mí, absolutamente. He visto el horror del comunismo y lo que puede hacer este sistema al final. Y 30 años después he visto también el fin del sistema, he cerrado el círculo. Ves un extremo y el otro. Y fuera de ese espíritu hay una idea europea, pero ahora la idea de Europa en este momento está en peligro".
— ¿Y qué la ha puesto en peligro?
— No los alemanes. Lo que la ha puesto en peligro primero es la gente estúpida que hay en todas partes, también en Holanda. Pero también los problemas económicos, y los problemas económicos del Norte vienen parcialmente del Sur, esto es innegable, por eso algunos prefieren seguir el camino solos.
— Ha hablado de 1939, 1956, 1989. ¿En qué rima estamos ahora de la historia? ¿Estamos en medio de un tsunami?
—Estamos en medio de muchos tsunamis: el del idealismo, el del proceso económico, pero creo que no debo abrir la boca porque no soy economista.

Es mucho mejor escribir que hablar; solo puedo formular las cosas cuando escribo
Y ríe o sonríe, como muchas veces a lo largo de un encuentro en que insiste en que él no es un especialista, en que elabora mejor escribiendo que hablando, y en que salta de un idioma a otro como ese ciudadano europeo que se ha esforzado por acercarse a todos y entender.
—¿Tsunami de idealismo?
— Sí, sí, eso existe, pero también están las cifras. Yo no soy economista y uno puede decir todos los ideales que tiene, pero hay problemas verdaderos que alguien tiene que solucionar, ellos o nosotros. Si los políticos no tienen el coraje de decir a la gente que debe sufrir, como los franceses, Francia no cambiará. Los alemanes lo han hecho, los holandeses lo hemos hecho, y los italianos dicen que quieren prorrogar todo eso. ¿Son los sacrificios necesarios o no? En Alemania y Holanda han decidido que sí y tengo muchos amigos sufriendo recortes, pero si otros países no pueden porque tienen miedo de las elecciones próximas o no hay coraje... estos son los problemas verdaderos de Europa. Y por otro lado, si lo hacen y la gente está descontenta, elegirá Gobiernos mucho peores que querrán seguir adelante sin el Sur o sin el Este.
— Dice en uno de los libros que si Europa se lo hubiera pensado tanto en la era del descubrimiento, no habría descubierto tanto.
— Exacto, es esto.
— ¿Cuál es el pecado de Europa entonces?, ¿pensar demasiado?
— Demasiadas opiniones, también nos hemos acostumbrado a un cierto lujo, nadie quiere ser pobre, antes había mucha gente pobre… Soluciones no hay tantas, pero yo he viajado mucho por Asia y los japoneses no tienen estas posiciones ideológicas: actúan y trabajan. Para mí es patético ver a Rajoy en China, Cameron en China,Hollande en China… todos van allí en busca de contratos, los obtienen y vuelven a casa diciendo: "¡Tengo un contrato de tantos millones…!". Si Europa quiere ser algo debe ser unida. Los ingleses no conocen ni comprenden nada de los alemanes, los aragoneses son diferentes de los asturianos, y aquí las azafatas de Iberia no pueden pronunciar un inglés un poco correcto, nunca comprendo lo que dicen. Y cuando veo en Menorca huelgas contra el trilingüismo, qué tendrá de malo que los jóvenes aprendan un poco el inglés.
— ¿Cómo aprendió español?
— En la calle, como se puede ver por mi gramática [ríe]. Pero viajando, con camioneros, haciendo autoestop, esto se aprende así cuando uno quiere. Ahora pueden elegir, muchos eligen español… o chino. Son más pragmáticos… Con el catalán no se va muy lejos, pero esto no se puede decir en Cataluña [y ríe otra vez].
Cierto que esta entrevista se celebra a propósito de la caída del Muro, pero el riesgo de perderse al escritor es más grave que el pecado de romper la coherencia de este suplemento dedicado al 25º aniversario, así que no teman, intentaremos no dejarle escapar.
— ¿Cuál es el gran motor de su obra? ¿La perplejidad, la conexión con los demás?
—Todo eso ha venido después. Yo empecé con completa inocencia, ¡puf!, me he sentado a la mesa y me ha salido un libro.

Yo no puedo recordar que quisiera ser escritor, por qué me senté a una mesa para escribi
— ¿Y por qué se sentó a la mesa entonces?
— No hay nada sobre lo que mientan los escritores tanto como de la génesis. "Yo siempre quise ser un escritor…" [ríe y ridiculiza con el tono]. Yo no puedo recordar que quisiera ser escritor, por qué me senté a una mesa para escribir. Pero cuando acabé el primer capítulo de lo que fue Philip y los otros, fui a casa de un escritor que vivía en mi pueblo, llamé a la puerta y le pregunté: “¿Quiere usted leer esto?". Diez años más tarde nunca me habría atrevido, pero lo hice, lo leyó y me dijo: "Voy a pasar esto a una editorial". Lo hizo y me llamaron dos señoras: "Si sigue escribiendo este libro, le pagaremos 300 florines”. Así que terminé. Luego aparece el libro con tu nombre y ¡ya eres escritor! Un gran problema [ríe]. Es verdad. Después ya no sabía qué hacer.
Por eso se embarcó hacia América Latina, eran los años cincuenta, y escribió historias de marineros y libros de viajes. También una novela en la que el protagonista, un escritor, no puede terminar su libro y se suicida. Antes le deja su manuscrito a otro escritor que no la logra terminar. “Nunca fue un éxito y no me extraña. Era patética, histérica, extraña [ríe], lo que quieras, pero importantísima en mi obra”.
— Después, con una inteligencia posterior, yo he dicho: “A lo mejor le he matado para no matarme yo” [y vuelve a reír]. El caso es que después, durante 17 años, no he escrito ficción.
— ¿Por qué 17 años sin ficción?
— De nuevo: solamente se pueden decir cosas después.
— Ahora, por ejemplo.
— Hay que soportar el propio silencio. No estaba listo para hacerlo, tal vez había sido demasiado pronto para el primero, hay que saber esperar. De vez en cuando uno piensa: “Si mañana tengo un accidente de tráfico, no habrá más”. Pero eso no ocurrió y llegóRituales. De alguna forma he sabido que no tenía suficiente conocimiento del mundo, y eso se adquiere viajando. Y Berlín ha sido también una experiencia fundamental.
— ¿Cuál es el motor entonces: la perplejidad, el asombro, el amor a la naturaleza humana, la búsqueda de comprensión? ¿Puede explicarlo el Cees de 81 años cuando mira atrás?
En lugar de responder, Nooteboom cuenta divertido que pronto tendrá que hablar en la catedral de Aquisgrán y que está escribiendo las preguntas que dirigirá "a un dios griego desde la casa de otro dios", siguiendo así con Cartas a Poseidón (Siruela), su libro de reflexiones y dudas dirigidas a ese mito de los océanos que ha tenido que ver los pies de Jesucristo andando sobre el agua, sobre él. "Y le voy a preguntar, tuteándole: ‘¿Qué has sentido cuando has visto los pies del otro dios sobre el agua?’. ¡Y esto voy a leer en la catedral de Aquisgrán!". Además, cuenta, escribe sobre su jardín menorquín. "Voltaire dijo: ‘Hay que cultivar tu jardín’. Y al final de mi vida es lo que hago, pero yo le he dado la vuelta y he dicho: ‘Ahora es mi jardín el que me cultiva a mí".

No hay nada sobre lo que mientan los escritores tanto como de la génesis. Yo no puedo recordar que quisiera
ser escritor
Le insinúo que no sé si me ha contestado. ¿Es la perplejidad, el asombro, la conexión?
— Yo tengo un problema con las abstracciones.
— En sus libros no.
— No, por eso es mucho mejor escribir que hablar, todo eso es secundario, y solo puedo formular las cosas cuando escribo. La idea borgesiana de perplejidad ha sido muy importante para mí, sí. Pero hay dos maneras de ser perplejo: con agresión o con autenticidad.
Todo está claro, pues.
— Hay un momento en que Arthur Daane, el protagonista de El día de todas las almas, entra en monólogos de pensamiento libre cargados de angustia y él mismo se tiene que interrumpir y decir: "Tranquilo, Daane".
— ¡Sí, sí! Es verdad.
— Como es su alter ego…
— Sí, siempre lo son.
— Entiendo que también sufre esos monólogos de pensamiento que tiene que parar para parar la angustia.
— Sí [parece que va a elaborar un poco la respuesta, pero se ríe, enigmático, y solo repite]. Sí. Ese es un libro importante que por ejemplo en EE UU ha caído como una piedra, esos no quieren saber, no. Es un libro europeo. Recuerdo una cita en una universidad de California que había comprado, trasladado y exhibido pedazos de muro y lo hacía en una ceremonia de colores ajena al significado trágico del Muro. No han comprendido nada, era tan ridículo. Esta divergencia fue para mí un símbolo de que los pueblos muchas veces no pueden comprenderse.
— También a Arthur Daane le gustan las personas que llevan varias personas dentro. A los 81 años, ¿uno logra conciliar a todas las personas que lleva dentro?
— Un poco más sí, sobre todo en mi jardín en Menorca, trabajando. Hemos estado cuatro meses y tenía un cierto miedo de entrar de nuevo en el mundo verdadero, en Menorca vivo aislado.
— ¿Y qué tal va el jardín?
— Me da problemas, porque un conde croata me plantó un árbol hace años y durante mucho tiempo yo estaba encantado, pero ahora tiene elefantiasis y me va a elevar el jardín, y caen frutos enormes que otros años no he visto, las raíces están encima de la tierra y son enormes, como patas de elefante, y amenaza una de las paredes de piedra. Este árbol lo va a reventar todo. ¡Eso son problemas que nunca tienes en Ámsterdam!
— En Lluvia roja cuenta también sus problemas para domesticar su jardín. ¿Cees Nooteboom no ha logrado domesticarlo?
— No, no. El año pasado teníamos una mariposa tan bella que parecía diseñada por Gucci, era fantástica, y resultó que nos llegó una alerta sobre ella. Ese ser tan bello es letal y ahora amenaza las palmeras que yo planté ahí hace 35 años y hay que inyectar un producto para matarla. Viene de Uruguay, es una inmigrante [ríe].
— ¿Es una metáfora?
— Se puede decir, sí.
— En su infancia le costaban tanto las matemáticas, no las comprendía, y sustituyó la realidad que no comprendía por su propia realidad. ¿Cree que si hubiera comprendido las matemáticas y el orden lógico de las cosas no tendríamos escritor?
— Es posible. Un día, al recibir un doctorado honoris causa en Bruselas, conté que la pesadilla recurrente que a mí me ha quitado el sueño toda la vida era el examen de matemáticas. Y he dicho: "Veo este día de doctorado como mi último día de escuela, nunca he visto una universidad ni nada, espero que este sea mi último día de escuela y se acaben por fin las pesadillas". Y se han acabado, nunca han vuelto. Pero me faltan las matemáticas.

Aquí hay cosas muy viejas, resentimientos que no se ven en la vida cotidiana, pero que existen;
no pueden con la ley de la memoria, no lo quieren ni ver
— ¿Para qué?
— Claridad. Esas son cosas que uno descubre solamente después. Yo creo que tengo una inteligencia suficiente para haber comprendido las matemáticas que se ofrecen en el colegio, pero me he cerrado, era una resistencia, y con un profesor más inteligente habría sido posible, creo. Pero me han dejado en mi pequeña estupidez
— A cambio, tenemos un escritor.
— Pero he sufrido mucho con la matemática.
— ¿Le importa el reconocimiento, es importante para usted?
— Sí, sí, sería imbécil si dijera que no me importa.
— ¿Se puede convertir en algo enfermizo para un escritor? ¿Hasta qué punto ha sabido manejar el peligro del ego, la vanidad?
— Un librero holandés me dijo ayer hablando sobre esto: la combinación de sentirse víctima y al mismo tiempo agredir es fatal. Hay ejemplos: el diario de Gombrowicz, que siempre buscaba el reconocimiento y estaba obsesionado por lo que los demás no habían visto o comprendido en él. Yo esa obsesión no la tengo.
— España: usted ha visto la situación y recuerda cómo el paro de seis millones de trabajadores en Alemania desembocó en el nazismo. Los partidos grandes pierden apoyos mientras surgen movimientos como Podemos.
— También pasa en Holanda. Los socialdemócratas holandeses caen, la izquierda que no es izquierda-izquierda gobierna con la derecha que no es derecha-derecha. La derecha se mantiene, pero la izquierda socialdemócrata que ha tenido el coraje de hacer las reformas necesarias va a sufrir. Pero no habrá una revolución.
— ¿En España ve peligro?
— No lo creo. Es cierto que aquí hay cosas muy viejas, resentimientos que no se ven en la vida cotidiana, pero que existen; aquí no pueden con la ley de la memoria, no lo quieren ni ver. También puede ser el carácter. Pero no hay la pobreza de antes de la Guerra Civil, la gente está distraída por el deporte, la televisión. Todo eso antes no existía. Y desempeña un papel.
— Ha dicho que Alemania ha sabido digerir su pasado. ¿España ha sabido?
— No.
— ¿Y es necesario?
— La psiquiatría nos enseña que hay que volver al pasado para descubrir lo que ha pasado. Hay muchas cosas pendientes, creo.
— Usted vive entre el Norte y el Sur. ¿Qué le aporta el Norte y qué le aporta el Sur?
— Nunca podría ser tan partidario como aquí, Holanda es un país de consensos, tengo un partido liberal que me interesa, pero no por ello creo que los demás son el diablo.
— ¿Hay un muro norte-sur?
— No, no. Los medios desempeñan un papel porque tienen que llenarse cada día y exageran. Y cuando hablo es también porque he leído mucha prensa, nunca somos completamente originales, pero hay algo diferente, y es que en Holanda cuando dicen mañana, es mañana. Y cuando llego a Menorca dicen: "La semana que viene, sí, sí…", y no llega. Existe también en el Norte, no hay respuestas sencillas, hay muchos lados de todo.
Sencillas o no, son las suyas, las de un hombre de 81 años que sigue de aeropuerto en aeropuerto buscando dónde mirar. Tras acabar la sesión de fotos en el interior del Retiro y despedirnos, mira despistado alrededor y nos retiene con su pregunta final: "Un momento: ¿dónde estamos?". Tras explicárselo, muy animoso, escoge un rumbo decidido y dice: "Muy bien, adiós". Parece que hubiera activado una imaginaria brújula mental.



miércoles, 12 de febrero de 2014

James Salter / Un clásico americano vuelve a volar

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Manuscrito de Light Years

Un clásico americano vuelve a volar

La publicación de su primera novela en 35 años dirige el foco de crítica y ventas hacia James Salter en España, su obra es recuperada para un creciente número de lectores


El escritor estadounidense James Salter en su casa de Bridgehampton, Nueva York. / PASCAL PERICH
Hay veces que las historias que importan de verdad no son las que aparecen en la página. Manhattan, 1995, empieza a anochecer. James Salter, de 70 años, se dirige a un restaurante de Park Avenue donde le espera un grupo de amigos y editores que quieren celebrar con él la inclusión de Juego y distracción en el catálogo de la exclusiva Modern Library. La novela, publicada originariamente tres décadas antes y ahora recién editada por Salamandra –al igual que gran parte de su obra, que goza de un creciente e inesperado reconocimiento entre los lectores en español–, narra un affaire entre una chica de 18 años y un hombre de bastantes más, trasunto del autor, en la Francia de los cincuenta. Cerca ya del lugar de la cita, el escritor ve cómo se detiene una limusina de la que desciende una mujer muy atractiva. Es, treinta años después, la chica con la que vivió la historia que dio lugar a la novela. Su antigua amante pasa junto a él sin reconocerlo. Salter no hará mención al incidente en ningún momento de la cena.
Para entender por qué la siguiente historia jamás llegó a la página no es necesario hacer muchas cábalas. Aspen, Colorado, 1980. Luego de esperar durante mucho tiempo a que su hija Allan, fruto de un matrimonio anterior, acudiera a cenar con él y su mujer, el novelista decide presentarse en la cabaña contigua a la casa en la que se acaba de instalar su hija y la encuentra sin vida en la ducha, electrocutada.

Fotograma de 'Three', la película que James Salter dirigió en 1969.
La tercera historia es la única de las que aquí se refieren que Salter decidió contar inmediatamente después de arrancársela de cuajo a la vida. Publicada como La última noche,es el mejor cuento de Salter. No es fácil encontrar relatos sobre la eutanasia tan salvajemente conmovedores, tan devastadores y, sin embargo, tan lúcidamente hermosos como este.
James Salter nació en Nueva York en 1925. A los 17 años ingresó en West Point. Doce años de servicio como piloto de guerra en la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Más de cien acciones de combate en Corea. Sus dos primeras novelas se basan en sus experiencias como aviador. Una de ellas, Pilotos de caza (1956), fue llevada al cine y protagonizada por Robert Mitchum. Charlotte Rampling, en Three, su única película como director, y Robert Redford también tuvieron papeles en guiones escritos por él, aunque Salter nunca haya dado importancia a este aspecto de su trabajo. George Plimpton, el legendario editor de Paris Review le pagó 3.000 dólares de adelanto por una novela que había tenido numerosos rechazos, Juego y distracción  (1967). En 1975 publica Años luz, que llega estos días a las librerías españolas como la crónica del lento naufragio de un matrimonio, considerada hasta hace poco su obra maestra. La que hasta ahora era su última novela. En solitario data de 1979.

James Salter durante sus años de aviador.
Espaciados en el tiempo, los distintos títulos de Salter brillan de manera sostenida a gran altura, bien que ajustándose a un guion fijo: celebrado por un reducido grupo de críticos y escritores como uno de los mejores autores de nuestro tiempo, para el público general era un perfecto desconocido. Entre los demás títulos que integran su obra, destacan dos extraordinarias colecciones de relatos, Anochecer (1988, que, como otras de las suyas, editó en su día El Aleph) y La última noche (2005), así como su libro de memorias, Quemar los días (1997).
Las cosas cambiaron de manera milagrosa con la publicación en EE UU hace unos meses de All That Is, su primera novela en casi 35 años, cuando el autor contaba 87, y que, conforme al criterio unánime de la crítica, es su mejor obra de ficción. La fama que llevaba tantos años rehuyéndole, decidió de pronto llamar a su puerta. Poco después de su publicación, Salter recibía el Premio Windham Campbell, de reciente creación, dotado con 150.000 dólares. La entrevista tuvo lugar a lo largo de dos sesiones, una al principio y otra al final del verano, en su agradable casa de Bridgehampton, en Long Island. Lúcido, ágil de movimientos, extraordinariamente cordial y acogedor, Salter es la encarnación de una forma de elegancia y caballerosidad que resulta muy difícil de encontrar hoy. De su prosa, tocada por la gracia, cabe decir algo parecido.
Pregunta. Me resulta intrigante que alguna vez haya hecho alusión a la idea de Christopher Hitchens, según la cual una vida no es algo completo si no se ha conocido la guerra.
Respuesta. En Quemar los días hablo en detalle de mi pasado militar. Cuando dejé el Ejército del Aire, sentí que le había dado la vuelta a mi ser, como quien pone del revés un guante. No me atrevería a hacerle algo así a un personaje mío. Lo que dice Hitchens es una suerte de aforismo, una pequeña fórmula inteligente que trata de arrojar luz sobre aspectos muy oscuros de la condición humana.
P. ¿Diría que la pulsión erótica es el centro de su obra?

Escribo acerca de lo que sé y de lo que siento y lo que he vivido”
R. Como decía [el escritor] Saul Bellow: son las mujeres.
P. Su tratamiento del erotismo es muy sutil. El lector sabe lo que sucede, pero no está en la página. Es casi como si usted no lo escribiera.
R. Obviamente es cuestión de control y conocimiento, el método es la digresión si quiere hablar en términos técnicos, saber cuándo es preciso parar, y por supuesto dar con el lenguaje adecuado, controlando el poder evocativo de cada palabra. Lo que hago es genuino pero no tiene nada de mágico. En Juego y distracción soy muy directo, porque en aquel libro me ocupo de una pasión de juventud. Hubiera sido erróneo omitir los aspectos físicos, que resultan esenciales para el significado del libro. Evité ser evasivo o poético, hubiera sido un error.
P. ¿Qué riesgos entraña escribir acerca de algo tan íntimo?
R. Hay cosas que son totalmente tabú. Está el peligro de convertir a los personajes femeninos en objetos. Es difícil sortear ese peligro porque a la hora de describir lo que sucede durante el encuentro físico entre los cuerpos, no se puede negar que tiene lugar un proceso de objetivación, no de un sexo u otro, sino de lo que sucede en sí. No creo que haga falta entrar en detalles. Es una verdad universal. En el sexo se da una objetivación, y según el punto de vista desde el que se aborde, puede resultar problemático.
P. Pero en su caso ocurre casi lo contrario. No conozco a ningún escritor que se adentre en el misterio del sexo desde una perspectiva masculina de una manera tan sutil.
R. Las diferencias entre el hombre y la mujer son reales, somos criaturas diferentes, eso es algo que existe en la realidad, que guarda relación con la forma de hacer y de sentir, y hay que llevarlo a la página. Por supuesto, el amor tiene muchas facetas, pero ¿qué hay más profundo que el encuentro en sí? Escribo acerca de lo que sé y de lo que siento y lo que he vivido, que es auténtico y genuino independientemente de que guste o interese, o lo contrario.
P. ¿Qué piensa de toda la atención que ha despertado de manera repentina su última novela?

Fui amigo de Bellow y le admiro, pero no hay que estar a la sombra de nadie”
R. Me siento atrapado. La verdad es que a estas alturas todo eso me sobra. Si me hubiera ocurrido en un momento anterior de mi vida, lo habría vivido de otro modo.
P. ¿Estuvo cerca de Saul Bellow en una época?
R. Éramos amigos. Admiro profundamente sus libros, pero no hay que estar a la sombra de nadie.
P. Habla con admiración de autores como George Saunders. Resulta sorprendente su interés por el experimentalismo de escritores mucho más jóvenes que usted.
R. (Risas) Bueno, a lo mejor habría que darle la vuelta a la cuestión y decir… ¿Pero cómo es posible que todos estos viejos sigan escribiendo como siempre? ¿No se dan cuenta de que las cosas han cambiado?
P. ¿Quién le interesa entre los representantes de las nuevas generaciones?
R. Me gusta David Foster Wallace, el joven príncipe trágico del posmodernismo, o como quiera usted llamar a esa nueva manera de escribir. Su estilo es todo lo contrario del mío, no se cansa de darle vueltas a las cosas, pero es difícil no sucumbir a su voz, tan efectiva y seductora.
P. ¿Qué le dicen los lectores sobre la experiencia de volar?
R. Durante la gira de mi libro en Inglaterra, un piloto comercial que había estado antes en la RAF llamó a mis editores desde Shanghái, solicitando reunirse conmigo en Heathrow. Acudí al encuentro desde Gales. Un capitán de Virgin Atlantic me acompañó. El piloto que me citó se llamaba Ian Black, y me dijo que se había hecho aviador después de leer mi primera novela. Usted ha escrito la historia de mi vida, página a página, me dijo, y me contó muchas anécdotas. Durante la guerra de Serbia participó en misiones de combate con una cuadrilla de cazas franceses. Un día que tenían que salir justo a la hora del almuerzo, pusieron unas mesas al pie del avión, con sus manteles y hasta se sirvió un poco de vino. Lo más divertido es que no hablaba una palabra de francés, me dijo.

James Salter

Noches leyendo a James Salter

En pocas páginas, en una trama simple que se desliza hacia lo vergonzoso y lo atroz, el autor trata de frente la muerte, el deseo y la traición


James Salter, en Barcelona en noviembre de 2007. / EDU BAYER
Hace dos semanas no había leído nada de James Salter ni recordaba siquiera haber oído o leído su nombre y hoy estoy intoxicado por su literatura. En el periódico he rastreado una entrevista con él que publicó hace años Jacinto Antón y críticas de sus libros y declaraciones de entusiasmo de José María Guelbenzu y de Marcos Ordóñez. He leído su entrevista en la Paris Review de los años noventa y he vuelto a buscarla y a leerla en Internet después de haber terminado una tras otra las dos primeras novelas de Salter que han caído en mis manos,Light Years y A Sport and a Pastime. En mitad de esas lecturas he ido a la librería de mi barrio a proveerme de otros libros suyos como quien almacena víveres. Compré un volumen de memorias, Burning the Days. Un amigo me escribió para recomendarme su libro de cuentos Last Night, y para alertarme sobre el último, el titulado así. Tiene unas pocas páginas y se lee en menos de diez minutos. Corta el aliento desde el principio y en la última página depara una descarga eléctrica. Terminé de leerlo y volví al principio, a las primeras líneas de transparencia engañosa. En esas pocas páginas, en una trama simple que se desliza hacia lo vergonzoso y lo atroz, Salter trata de frente la muerte, el deseo y la traición. Last Night es ese cuento que uno da a leer de inmediato a la persona querida, urgiéndole a dejar de lado cualquier otra tarea; el cuento que si uno lo lee estando a solas quiere leer por teléfono a alguien, o tiene la tentación de contar en voz alta, como contaba de niño en el patio de la escuela una película a la mañana siguiente de verla.

‘Last Night’ es ese cuento que uno da a leer de inmediato a la persona querida, urgiéndole
a dejar cualquier tarea
Alguien nos había recomendado el año pasado Light Years. Uno llega a veces por caminos raros a los libros. Debí de guardar la novela en la estantería y me olvidé tan por completo de ella que cuando di con ella un poco al azar hace menos de dos semanas no tenía la menor idea de cómo había llegado hasta allí, tan intruso el libro como el nombre del autor entre los libros familiares de la biblioteca. Quería leer algo y no sabía qué. Quería algo de un autor que no me fuera conocido y que no tuviera que ver con mis obligaciones de lectura. Por el aspecto exterior del libro y el resumen de la contraportada imaginé que iba a encontrar una historia entre de John Cheever y Richard Yates. La falta absoluta de información previa tiene sus ventajas. Demasiadas veces llega uno a los libros, como a las películas, sabiendo demasiado de antemano; sabiendo, sobre todo, en qué medida es conveniente que algo le guste o no, atravesando una confusión de ecos que no le dejan escuchar bien y con sus propios oídos, mirar y ver con sus propios ojos. El envoltorio de la promoción, las entrevistas con el autor, nuestros prejuicios a su favor o en su contra, interfieren en el encuentro con la obra. Rara vez vuelve a ser uno el lector adánico que descubrió un día, como si iluminara con una linterna el interior de la cámara sellada en la que reluce de pronto un tesoro inexplicable, Cien años de soledad o El astillero o Santuario, por citar tres de los libros que me sobresaltaron con la impresión de lo completamente nuevo, aquello que nada previo me había enseñado a esperar. Como escuchar por primera vez Abbey Road o A Night in Tunisia; como abrir por curiosidad en el instituto el manual de literatura de un curso por encima del mío y encontrar de golpe La aurora de Nueva York de Federico García Lorca.
A García Lorca lo cita Salter en su entrevista de la Paris Review. Se acuerda de dos adjetivos que están juntos en el Romance de la luna, “lúbrica y pura” —la luna que “enseña lúbrica y pura / sus pechos de duro estaño”—. Quería que fuera así la escritura de A Sport and A Pastime, una novela en la que, dice Salter, le era preciso describir “cosas que eran, en un cierto sentido, indecibles, y al mismo tiempo irresistibles”. El relato del erotismo en esa novela es tan poderoso que puede hacerle a uno no prestar la suficiente atención a su sutileza constructiva. El hilo principal tarda muchas páginas en revelarse. Salter no tiene miedo de ofrecer al lector una novela que durante los primeros capítulos no se sabe bien hacia dónde va, y en la que los protagonistas sólo muy lentamente empiezan a perfilarse entre una variedad confusa de personajes episódicos retratados siempre con una exacta concisión. Como en El Gran Gatsby, la historia la cuenta en primera persona alguien que está cerca de los hechos pero también, dolorosamente, fuera de ellos, una de esas personas apocadas y fantasiosas que sólo parecen vivir plenamente imaginando las vidas de otros, cumpliendo a través de ellos los deseos y las ensoñaciones que les están vedados. En A Sport And a Pastime Salter logra lo que parece imposible, y de hecho casi siempre lo es: la dulzura explícita del sexo limpia de grosería, la sugestión de lo secreto y lo sagrado que ocurre entre dos amantes en el interior de una habitación, lo que es indecible y también irresistible, la mutua entrega y la desvergüenza amparadas tras la veladura del pudor.

Quería algo de un autor que no me fuera conocido y que no tuviera que ver con mis obligaciones de lectura
A Sport and a Pastime transcurre en Francia, entre el principio de un otoño y el del verano siguiente, en una Francia en blanco y negro de hoteles y cafés en ciudades de provincias que le hace a uno acordarse, por su sentido del erotismo y la agudeza de la observación, de las películas coetáneas de Truffaut. Light Years sucede entre Nueva York y una casa de campo en el curso alto del Hudson. La perfección de esos días en los que parece que el tiempo se remansa, que casi llega a detenerse, como el mismo río Hudson cuando la marea está alta, el agua quieta como la de un lago, es el contrapunto del otro flujo invisible que no se detiene nunca, el que ni los ojos ni el cerebro humano están equipados para advertir en presente, la juventud que se está transformando a cada segundo en madurez, la sombra de una rama que se está moviendo como una aguja de reloj sobre la hierba en la inmovilidad del mediodía, la ilusión que se degrada en tedio, el amor que está empezando a ser minado por la indiferencia. La apariencia naturalista de los diálogos encubre una concisión afilada de poesía. Cada comparación, cada metáfora, iluminan la conciencia de los personajes y los pormenores del mundo visible con el chasquido exacto de un disparo fotográfico. El estilo deslumbra y sin embargo es sigiloso, como una lente poderosa y limpísima.
Qué importancia puede tener una literatura que no induzca al insomnio y no nos deje en un estado de vehemencia parecida a la fiebre. Estuve leyendo Light Years a lo largo de toda una noche y sólo cuando alcé los ojos tras la última página me di cuenta de que había empezado a amanecer.
Libros de James Salter editados en España. Años luz (El Aleph, 1999); Anochecer(El Aleph, 2002); Juego y distracción (El Aleph, 2002); Pilotos de caza (El Aleph, 2003); En solitario (El Aleph, 2005); La última noche (Salamandra, 2006); Quemar los días (Salamandra, 2010).

Un Mig para James Salter


El escritor recuerda sus días de piloto de caza en Corea. "El destino era parte del juego. Nadie lloraba"


Miré en los ojos de James Salter y ahí, en un azul tan profundo como el cielo de aquellos días ardientes de la guerra de Corea, volando sobre el río Yalu, vi el Mig-15, plateado, hostil, completo en cada extraño detalle, silencioso como un tiburón.
Salter (Passaic, Nueva Jersey, 1925, née James A. Horowitz), uno de los grandes prosistas norteamericanos, piloto de caza en su juventud -más de cien misiones bélicas en Corea, un reactor ruso derribado en 1952, otro dañado-, autor de Pilotos de caza (El Aleph, 2003), de Cassada, se alojaba en un pequeño hotel en la calle de Mallorca durante su visita privada con su mujer, Kay, a Barcelona. Nos sentamos en el vestíbulo a hablar de sus flight years. Extraje torpemente mi ajado volumen de Gods of tin, antología de sus mejores páginas de aviación, y le expliqué cómo durante años me ha acompañado en el cielo. Sólo lo leo en los aviones, para conjurar el miedo a volar. Sonrió, le debió parecer tan exótico como que una vez recorriera medio Pekín con Pilotos de caza (The hunters)bajo el brazo para ver en el Museo del Ejército del Aire chino un Mig-15 igual que aquellos a los que él se enfrentó en Corea a los 26 años. "Yo también tengo miedo, como pasajero", dijo cortésmente. Su voz hipnotizante, profunda, con un fondo rasposo. Sus palabras, precisas, certeras como su escritura. "Pilotar un avión, en cambio, no da miedo. Se parece a conducir un automóvil. Volar, como la mayoría de cosas de trascendencia, como la música, es método".

"No tenías tiempo para el miedo. Hay una opresión cuando maniobras a gran velocidad, como ser estrujado por una pitón"
Abrió mi baqueteado ejemplar deGods of tin, se detuvo en el hermoso pasaje sobre su bautismo en el aire. "¿Por qué ha subrayado la palabra incandescencia?". Le respondí que porque me parecía una calidad intrínseca a todo aviador. Asintió. ¿Se acuerda de cuando volaba sobre el Yalu, la frontera con China, la barrera que no podían traspasar para dar caza a los Migs?, continué atropelladamente. "Recuerdo el Yalu, créame", respondió pidiendo paciencia con la misma mano de cortos dedos y anchos que una vez empuñó los mandos de un F-86 Sabre, domeñando su mortífero poder. Le dije que sus imágenes del vuelo en Pilotos de caza, novela basada en sus experiencias en el Cuarto Ala de Cazas de la USAF, son dignas de Shelley: la soledad, la limpieza del aire, la luz. "No lo había oído, se lo agradezco, me hace sonrojar. Puede que en algún aspecto, pero Pilotos de caza es un libro muy masculino, evoca el poder del vuelo; Shelley no es así, es un joven genio lírico. Dicho esto, acepto el cumplido".
¿Hasta qué punto es él, Salter, el inolvidable protagonista de Pilotos de caza, Cleve Connell? "Buena pregunta". Reflexionó unos segundos. "En algunas cosas, sí, lo soy. En Corea volé con gente que logró seis o siete victorias. Ases. Algunos no eran nada especial. En cambio, otros...". Aproveché para enseñarle mis fotos del museo de Pekín. Las estudió con interés. "Éste es un Mig-15, los estabilizadores muy altos en la cola lo hacen inconfundible. Migs... yo también he visto algunos". Sonreímos a la vez, como dos imposibles camaradas, y eso me hizo absurdamente feliz.

¿Recuerda la primera vez que vio un Mig? ¿Plata, rápido, zuuuum?" Llevas casco, y auriculares, no oyes nada". Pero habrá sido excitante. "Como ver un tiburón, aunque el Mig-15, chato, parecía más un jabalí. No exactamente fascinación. Algo de miedo. Pasa muy deprisa. A veces los ves muy lejos, tres o cuatro millas. Giras y ya no están, como peces en el agua. Eso era antes, ahora nada es así. Todo cambió. Ves a los aviones enemigos en una pantalla, nunca en directo. La gente cree que los primeros duelos de reactores, en Corea, fueron el principio de la nueva guerra aérea: fueron el final de la antigua". Migs y Sabres, bestias de leyenda, plata helada en cielos tan claros que puedes ver el mañana. "Una diferencia era crucial: nosotros teníamos ametralladoras, ellos cañones. Podías ver sus proyectiles en el aire, grandes como vasos de whisky, con espacio entre un disparo y otro. Las ametralladoras eran femeninas en comparación, balas del tamaño de dedos o corchos de botella, ráfagas seguidas". Allá arriba, el miedo, el eclipse del coraje. "Sientes la garganta que quema, pero no es miedo, creo, es por la altura. No tenías tiempo para el miedo en pleno combate. Hay una opresión en el pecho cuando maniobras a gran velocidad, como ser estrujado por una pitón". Venían en enjambres -Bandit trains,les llamaban ustedes- desde sus aeródromos en China, Taechong, Antung. "Como nidos de avispas, sí; nos decían por radio: 'Polvo en las pistas'; algunos cruzaban el Yalu para cazarlos, aunque estaba prohibido. Nunca sabías si los ibas a encontrar. '¡Migs!, ¡many, many!',oías gritar por los auriculares. Pero ¿dónde?". Salter se veía feliz, de nuevo en el aire. La lucha, la angustia -¡bogies a las 12, fellows!,¡¿dónde estás, Yellow líder?!, Break left, break left!...-. "No tenías muchas opciones. No era algo de pensar. Era habilidad, coraje, experiencia. Había pilotos muy agresivos. Terrific pilots. Y otros que querían seguir con vida a toda costa. Una mezcla. No todo el mundo es un as. Algunos tenían miedo cada vez que despegaban". Miré hacia otro lado y le pregunté por Casey Jones, el as ruso de Pilotos de caza,Némesis de los Sabres. "Hubo verdaderamente uno al que llamábamos así, por la canción. Y es cierto que había pintado su Mig de rayas. Se hablaba mucho de ello en la cantina. Cazó a Davis". Vaya, ¿qué fue del ruso? Ciertamente, no lo derribó el ficticio Cleve. "No lo sé, yo ya estaba en Berlín entonces". La mención de la película que de Pilotos de cazahizo Dick Powell con Robert Mitchum como Cleve arranca una mueca de desdén a Salter.
Se conmovió el escritor al enseñarle un libro (Korean War Aces, de Dorr, Lake y Thompson), recorrió con devoción las fotos y los dibujos de los Sabres de su escuadrilla decorados con el bonete de guerra piel roja, emblema de la 335ª. Subrayó nombres de sus antiguos compañeros con un bolígrafo: Thyng, Bud Mahurin, Boots Bleese -"que no había visto un Mig en un año de vuelos y en dos meses derribó diez"-, Lilley, Felix Asia ("shot down", anotó pausada, meticulosamente, en el borde de la página)... Fue fantástico imaginar a esos tipos subidos a las mesas como él los describe en sus memorias, Burning the days,recitando Gunga Din, y oírle pronunciar el nombre del as James Jabara... "Yabaaaaara".
¿Recuerda Salter el Mig que derribó él? "¡Claro, coño!", exclamó con inesperada vehemencia como si volviera a aquel día sobre el Yalu: el cielo de un azul ardiente, unos pocos impactos en el ala derecha del reactor enemigo, luego, más cerca, una ráfaga completa en el fuselaje;flashes intensos, radiantes. ¿Murió el piloto? "No, saltó en paracaídas. Y nadie disparaba a los paracaídas. Ese piloto volvería con otro avión y tendrías la oportunidad de lograr otro derribo, así lo veíamos. No era una cuestión de sangre, no era el piloto lo que cazabas, era el avión". Pero morían compañeros. "El destino era parte del juego. Nadie lloraba. Había un fatalismo. El mal tiempo, los accidentes, fallos mecánicos. Hace 50 años las cosas no eran tan fáciles ni tan seguras como ahora".
Volar, ser piloto de caza, el deseo de victoria, las portas de las ametralladoras ennegrecidas, el pequeño extra de coraje y orgullo que marca la gran diferencia, the burning fever, los Migs, la juventud, ¿cuánto ha influido eso en Salter? "Hizo de mí lo que soy, fue un gran viaje, pero no es lo más importante de mi vida". Volví a mirarlo a los ojos y efectivamente ahí había mucho más que aviones: su camarada Edgard White convertido en cenizas en el módulo del Apolo I, su paternal amigo Irwin Shaw (el novelista de Young lions y Hombre rico, hombre pobre) en el lecho de muerte, su hija Allan, fallecida trágicamente de niña al electrocutarse en la ducha... Y estaban las mujeres, el sexo, los night clubs de neón -Miyoshi's, La Hula Rumba-, y la literatura, sus novelas y relatos -Años luz, Juego y distracción, En solitario, Anochecer (todos en El Aleph) y Última noche (Salamandra)-. Salter malinterpretó mi mirada: "¿Es bastante? Cuando pasas mucho tiempo hablando dejas de decir la verdad, y más si se bebe", bromeó. Nos despedimos cordialmente. Luego, le dejé en recepción aquel libro que tanto le había gustado sobre los ases de Corea y la pequeña maqueta de un Mig que llevaba conmigo. Un Mig para Salter. Me marché enormemente agradecido, recordando sus palabras: "Todo es un disparate excepto el honor, el amor y lo poco que conoce el corazón". Salter, alto y admirable, directo, sucinto. "Feeling of courage. Great desire to live on".


James Salter, 1999
Fotografia de John Foley

Historias sobre la fugacidad

  • James Salter


El paso del tiempo, las oportunidades fallidas y sus demoledores efectos sobre el amor aparecen como los hilos conductores de este libro de relatos que el estadounidense James Salter escribió con una asombrosa sencillez y una gran sabiduría. Se trata de cuentos donde los personajes suelen ser gente que se halla desorientada y que, en un momento determinado, se interroga sobre el sentido de su vida.

LA ÚLTIMA NOCHE

James Salter
Traducción de Luis Murillo Fort
Salamandra. Barcelona, 2006
160 páginas. 11,90 euros
Casi dos decenios han transcurrido desde que James Salter ofreciera al lector un nuevo libro. En España lo hemos conocido tan sólo en los últimos años, de la mano de la casa editorial El Aleph, y su recepción ha estado claramente por debajo de su innegable calidad. Vamos a confiar en que este libro de relatos haga de gancho otra vez y nos introduzca en la escritura de un tipo aparentemente discreto y literariamente imbatible. Salter es un relator de los asuntos de la gente media norteamericana, pero su capacidad de trasmutarlos en literatura lo levanta por encima de tantos buenos profesionales que se ocupan del lado oscuro del sueño americano. La calidad de trazo psicológico de sus personajes y el modo de perfilar honestamente un conflicto dramático se manifiesta con fuerza en una novela como Años luz -y ésa es una de sus bazas como escritor-, pero hasta ahora no había conseguido llegar al grado de depuración que muestra en este libro de relatos.
Hay escritores a los que uno lee como si cabalgara un fogoso caballo y los hay que, disponiendo de semejante intensidad, prefieren la serenidad que transmite sabiduría. Es el caso de Salter en La última noche. Los suyos son cuentos que aparecen ante el lector no como entidades formidables, sino como esa ráfaga de viento que transforma un paisaje a los ojos del que mira y después desaparece dejándolo con la sensación de que ha sucedido algo que afecta a su vida y, por lo tanto, es memorable. Son cuentos de gente más bien perdida, emocionalmente perdida e instalada en la madurez; hombres y mujeres de clase media o media alta, tocados por la vida, solos, divorciados, en pareja... que se preguntan repentinamente por el sentido de su vida. En ellos concurren varios asuntos; el más importante de todos es la fugacidad; o quizá no sea el más importante sino el más común a todas las historias.
Un segundo asunto de igual importancia, digamos que complementario, es la imagen del tiempo perdido, no porque se haya perdido por sí mismo, sino porque representa la oportunidad fallida, la elección que no debió de ser, incluso la lealtad mal entendida, que se contempla desde el presente. Y lo que remata y cierra el círculo es el desamor; el desamor -en sus múltiples facetas- como resultado de una elección; la pérdida concebida como algo que ha sucedido, pero que no ha sido enfrentado. Y, naturalmente, el problema del tiempo nos sumerge en lo inasumible de la pérdida.
Salter tiene muy buen cuidado de no abandonarse a la nostalgia y consigue librarse de ese lastre por su admirable tratamiento de la fugacidad. La fugacidad se concibe como una forma de realidad y nada más (y nada menos), no como la sola emotiva representación de una pérdida, lo cual ayuda a elevar la temperatura dramática de los relatos de manera convincente.
El estilo de Salter en estos cuentos se apoya, sobre todo, en el valor, la relevancia que concede a lo aparentemente irrelevante. Su método es el de reunir en un mismo tronco varias ramas que no tienen una relación evidente entre sí sino tan sólo un denominador común (suele ser un personaje) que poco a poco va descubriendo que todas nacen del mismo árbol. También utiliza desplazamientos de tiempo dentro de una misma historia para lograr una expresividad mayor y una permanente llamada de atención al lector para que no pierda en ningún momento el valor de lo sugerente, de lo sugerido. En verdad, los relatos semejan, tanto en su consecución como en su tono y en su aparente ligereza, en su también aparente nimiedad, una acuarela, una de esas maravillosas acuarelas cuya pericia en la pincelada fija la imaginación del observador y lo embarca en un fascinante viaje hacia el conocimiento.
Entre todos los cuentos de un conjunto soberbio, destaca el que da título al libro, un relato que linda la genialidad y que es, además, un relato de nuestro tiempo, es decir, un relato que sólo puede contarse así porque es un exacto hijo de su tiempo, de las convenciones, el modo de ser y de entender la vida, el dolor y la extenuación que se corresponde con este tiempo que nos ha tocado vivir, lo que lo convierte en un relato auténticamente original. Pero lo mejor del libro es su unidad, su transparencia y -como sucede con todo lo que es verdaderamente transparente- la impecable y arrebatadora sencillez con que se nutre de la última verdad de la literatura: esa manera de contar cuya esencia es lo misterioso de la realidad.


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