martes, 11 de septiembre de 2018

Eduardo Cote Lamus / An der gewesenheit


Eduardo Cote Lamus
AN DER GEWESENHEIT

“Así era”. “Aquí fue”. “Allí estaba”.
“Si caminamos a la izquierda . . .”
“. . . más allá . . .” Y la noche en Berlín estaba alerta
en sus ojos. De su largo pelo rubio,
puro, caía nuevo el pasado.
Nada había sino el tremendo muñón
de las ruinas. Pero ahí,
a través del presente bajaban a su boca
viejas palabras. “En aquella ventana que no existe
la luz daba como si fuese a un lago”.

El Spree comienza lento, casi sin moverse
arroja a sus orillas una ciudad;
un hombre llegó, lanzó el arpón
y a su lado, junto al montón e pescado
vino el comercio. Después se hizo el puente
y tuvo el río sombra distinta a la del bosque.

En el pasado hay un futuro muerto;
de ahí que para esto haya otro nombre:
el sueño. Y se comienza por volver la vista,
como si comiendo el pan
siguiéramos el curso de la harina.

“Aquí esto era distinto”. Y yo sabía
por el calor de su mano que aquello había sido
distinto. “No lo conocí”. Y yo sabía
que ella misma era más que sus palabras.
El asfalto ahuecado. El triste silencio
de sus palabras, sólo comparable al tambor
de las estrellas en la noche.

En el Ostberlin hay una casa
sin cara en la Eberwälderstrasse.
La metralla deshizo sus facciones,
pero amorosamente sobre la
tragedia, los materos florecen
con flores migratorias que las manos
de cuidadosas mujeres cultivan.
Es acaso no más que la remota
esperanza, el rumor de los colores
o el candor entregado de antiguos amantes guerreros
poseyéndose bajo las bombas.

“Es el tiempo”, dijo, y su voz era como
una fotografía vieja, como
la sombra de ella misma en la infancia.
“Si lanzas una piedra hubiese dado
exactamente en la ventana . . .”
Allí pasó una vez otoño de largo.

Pero el tiempo en Berlín cae igual
que una piedra sin esperanza
en la soledad. En sus manos la caricia
era como leño para un náufrago
y el amor que por su piel corría
cayó conmigo al lecho desatando
las perdidas visiones, los recuerdos que no tuvo,
el pavor buscando compañía.




domingo, 9 de septiembre de 2018

Erica Jong / Envidia



 Erica Jong
ENVIDIA

Envidio a los hombres que pueden anhelar
con infinita vaciedad
el cuerpo de una mujer,
que esperan que su anhelo
haga un niño,
que su oquedad misma
fertilice lo oscuro.
Las mujeres no se hacen ilusiones sobre esto,
ya que son a la vez
casas y túneles,
copas y las que escancian el vino,
ya que conocen el vacío como estado temporal
entre dos plenitudes,
y no ven en ello ningún romance.
Si yo fuera hombre,
condenado a esa infinita vaciedad,
y no teniendo alternativa,
encontraría, como los otros, sin duda,
una mujer
para bautizarla Vientre de Luna,
Madona, Diosa del Cabello de Oro
y hacerla tienda de mi deseo,
paracaídas de seda de mi lujuria,
icono ojiazul de mi sagrada comezón sexual,
madre de mi hambre.
Pero ya que soy mujer,
debo no sólo inspirar el poema
sino también escribirlo a máquina,
no sólo concebir al niño
sino también darlo a luz,
no sólo dar a luz al niño
sino también bañarlo,
no sólo bañar al niño
sino también alimentarlo,
no sólo alimentar al niño
sino también llevarlo
a todas partes, a todas partes…
mientras que los hombres escriben poemas
sobre los misterios de la maternidad.
Envidio a los hombres que pueden anhelar
con infinita vaciedad. 





miércoles, 5 de septiembre de 2018

Eduardo Cote Lamus / Poema imposible

Fotografía de Waclaw Wanctuch
Eduardo Cote Lamus
POEMA IMPOSIBLE

Deja por última vez que mi tacto te sepa
porque quiero aprenderme tu cara de memoria,
porque quiero iniciar un poema diciendo:
“En Segovia, una noche de torres, mi alma no pudo,
no le fue posible . . .”

Déjame, sí, déjame.
Déjame aunque sea fatigar tus huellas
por esta almohada con aroma de rostro
porque quiero hacer un pájaro con tu piel
para despertar mi corazón muerto.

Yo te amé de frente, por entero
y me miraba largamente en tus manos
buscando dar olvido a mi antigua sed de orilla.

Por ahí para esta tristeza con cara de rosa
como si el color llevara mi dolor descalzo.
A veces me viene tu silencio de campanas
que debajo de tu piel silban siempre, siempre…

Te acercaste a mi vida como un vegetal solo
alargando tus ojos hasta la plenitud del árbol.
Mi vida era sencilla, humilde,
tiernamente arcilla para un tacto.

Ahora no soy sino un manantial ciego
que huye de la sombra en tu mirada.
Es cierto que todo me fue inútil, doloroso;
fue una lástima que tú no me quisieras:
ha sido el mayor qué lástima del mundo.

Pero ven, acércate y muérete un poco en mis palabras.
A pesar de todo eres mi amor, mi tú, mi nunca.

Y ya no puedo con este hueco sin destino
que me pesa por dentro como Dios en la yerba.
Porque tampoco puedo con este sabor de ti en los labios.

Sí: en Segovia murió la savia de repente.
Y yo no pude,
no me fue posible.




lunes, 3 de septiembre de 2018

Sam Shepard / Nina Simone

 

Sam Shepard 

NINA SIMONE



Yo solía llevarle cubitos a Nina Simone. Ella me trataba siempre de forma encantadora. Me llamaba “guapo”. Le llevaba toda una enorme bandeja de plástico gris llena de hielo para enfriar su Scotch.

Ella se arrancaba su peluca rubia y la arrojaba al suelo. Debajo, su verdadero pelo era corto, como una oveja negra recién trasquilada. Se quitaba las pestañas y las pegaba al espejo. Sus párpados eran gruesos y los llevaba pintados de azul. Siempre me hacían pensar en una de aquellas Reinas Egipcias que salían en el National Geographic. Tenía la piel brillante de tan húmeda. Se enroscaba una toalla azul al cuello y luego se inclinaba hacia adelante y apoyaba los codos en las rodillas. El sudor le resbalaba por la cara hasta caer y salpicar el suelo rojo de cemento, entre sus pies.

Solía terminar su actuación con “Jenny pirata”, la canción de Bertold Brecht. Siempre cantaba esa canción con una grave voz penetrante y vengativa, como si ella misma hubiera escrito la letra. Su actuación apuntaba directamente a la garganta de su público de blancos. Luego apuntaba al corazón. Luego apuntaba a la cabeza. En aquellos tiempos estos disparos eran un balazo mortal.

La canción de su repertorio que me dejaba verdaderamente paralizado era “You’d Be So Nice to Come Home To”. Siempre me dejaba helado. A veces la oía mientras estaba en la sala, recogiendo vasos de Whiskey Sour, y ella iniciaba aquel tremendo terremoto pianísimo, con su voz fantasmal serpenteando hasta elevarse por encima de los acordes que se amontonaban poco a poco. Mis ojos subían directamente al escenario y mis manos seguían trabajando.

Un día tiré una vela mientras ella estaba cantando esta canción. La cera ardiente se derramó en un traje de ejecutivo. El director me llamó a su oficina. El ejecutivo estaba también allí, con sus pantalones manchados con un reguero de cera endurecida. Parecía que acababa de correrse. Esa noche me despidieron.

Afuera, en la calle, todavía me llegaba su voz desde el otro lado de las paredes de cemento: “You’d be Paradise to come home to”."



28/9/80
San Francisco, Ca




descontexto

sábado, 1 de septiembre de 2018

Clarice Lispector / El primer beso



Clarice Lispector
EL PRIMER BESO

Más que conversar, aquellos dos susurraban: hacía poco que el romance había empezado y andaban tontos, era el amor. Amor con lo que trae aparejado: celos.
–Está bien, te creo que soy tu primera novia, me pone contenta. Pero dime la verdad: ¿nunca antes habías besado a una mujer?
–Sí, ya había besado a una mujer.
–¿Quién era? –preguntó ella dolorida.
Toscamente él intentó contárselo, pero no sabía cómo.
El autobús de excursión subía lentamente por la sierra. Él, uno de los muchachos en medio de la muchachada bulliciosa, dejaba que la brisa fresca le diese en la cara y se le hundiera en el pelo con dedos largos, finos y sin peso como los de una madre. Qué bueno era quedarse a veces quieto, sin pensar casi, solo sintiendo. Concentrarse en sentir era difícil en medio de la barahúnda de los compañeros.
Y hasta la sed había empezado: jugar con el grupo, hablar a voz en cuello, más fuerte que el ruido del motor, reír, gritar, pensar, sentir…
¡Caray! Cómo se secaba la garganta.
Y ni sombra del agua. La cuestión era juntar saliva, y eso fue lo que hizo. Después de juntarla en la boca ardiente la tragaba despacio, y luego una vez más, y otra. Era tibia, sin embargo, la saliva, y no quitaba la sed. Una sed enorme, más grande que él mismo, que ahora le invadía todo el cuerpo.
La brisa fina, antes tan buena, al sol del mediodía se había tornado ahora árida y caliente, y al entrarle por la nariz le secaba todavía más la poca saliva que había juntado pacientemente.
¿Y si tapase la nariz y respirase un poco menos de aquel viento del desierto? Probó un momento, pero se ahogaba en seguida. La cuestión era esperar, esperar. Tal vez minutos apenas, tal vez horas, mientras que la sed que tenía era de años.
No sabía cómo ni por qué, pero ahora se sentía más cerca del agua, la presentía más próxima y los ojos se le iban más allá de la ventana recorriendo la carretera, penetrando entre los arbustos, explorando, olfateando.
El instinto animal que lo habitaba no se había equivocado: tras una inesperada curva de la carretera, entre arbustos, estaba… la fuente de donde brotaba un hilillo del agua soñada.
El autobús se detuvo, todos tenían sed, pero él consiguió llegar primero a la fuente de piedra, antes que nadie.
Cerrando los ojos entreabrió los labios y ferozmente los acercó al orificio de donde chorreaba el agua. El primer sorbo fresco bajó, deslizándose por el pecho hasta el estómago.
Era la vida que volvía, y con ella se encharcó todo el interior arenoso hasta saciarse. Ahora podía abrir los ojos.
Los abrió, y muy cerca de su cara vio dos ojos de estatua que lo miraban fijamente, y vio que era la estatua de una mujer, y que era de la boca de la mujer de donde salía el agua.
Se acordó de que al primer sorbo había sentido realmente un contacto gélido en los labios, más frío que el agua.
Y entonces supo que había acercado la boca a la boca de la mujer de la estatua de piedra. La vida había chorreado de aquella boca, de una boca hacia otra.
Intuitivamente, confuso en su inocencia, se sintió intrigado: pero si no es de la mujer de quien sale el líquido vivificante, el líquido germinador de la vida… Miró la estatua desnuda.
La había besado.
Lo invadió un temblor que desde fuera no se veía y que, empezando muy adentro, se apoderó de todo el cuerpo y convirtió el rostro en brasa viva.
Dio un paso hacia atrás o hacia delante, ya no sabía qué estaba haciendo. Perturbado, atónito, se dio cuenta de que una parte de su cuerpo, antes siempre serena, estaba ahora en una tensión agresiva, y eso no le había ocurrido nunca.
Dulcemente agresivo, se hallaba de pie, solo en medio de los demás con el corazón latiendo pausada, profundamente, sintiendo cómo se transformaba el mundo. La vida era totalmente nueva, era otra, descubierta en un sobresalto. Estaba perplejo, en un equilibrio frágil.
Hasta que, surgiendo de lo más hondo del ser, de una fuente oculta en él chorreó la verdad. Que en seguida lo llenó de miedo y también de un orgullo que no había sentido nunca.
Se había…
Se había hecho hombre.


lunes, 30 de octubre de 2017

Juan Carlos Onetti / Los besos




Juan Carlos Onetti
LOS BESOS

Los había conocido y extrañado de su madre. Besaba en las dos mejillas o en la mano a toda mujer indiferente que le presentaran, había respetado el rito prostibulario que prohibía unir las bocas; novias, mujeres le habían besado con lenguas en la garganta y se habían detenido sabias y escrupulosas para besarle el miembro. Saliva, calor y deslices, como debe ser.
Después la sorpresiva entrada de la mujer, desconocida, atravesando la herradura de dolientes, esposa e hijos, amigos llorones suspirantes.
Se acercó, impávida, la muy puta, la muy atrevida, para besarle la frialdad de la frente, por encima del borde del ataúd, dejando entre la horizontalidad de las tres arrugas, una pequeña mancha carmín.


domingo, 17 de julio de 2016

El día que Pancho Villa invadió Estados Unidos

Pancho Villa

El día en que 

Doroteo Arango Arámbula 

invadió Estados Unidos

Hace un siglo, Pancho Villa sorprendió al mundo al atacar la localidad de Columbus. Una exposición en México revisa el insólito episodio

Jan Martínez Ahrens

México

Esa noche, Doroteo Arango Arámbula pudo haber elegido ser cualquiera de las personas que fue en su vida. El bandolero de cananas cruzadas, el general en retirada, el mujeriego impenitente, el albañil honrado e incluso el adolescente que se perdió en la oscuridad después de haber baleado al violador de su hermana. Pero en esa madrugada del 9 de marzo de 1916, bajo un cielo de frontera, decidió ser simplemente Pancho Villa e invadir los Estados Unidos de América.


A las 4.45, al mando de unos 500 hombres, atacó el pequeño pueblo de Columbus y el fuerte militar Furlong, en Nuevo México. La incursión, la única sufrida hasta aquel momento por Estados Unidos desde la guerra anglo-americana de 1812, abrió un capítulo histórico tan extraño como legendario en la relación entre ambos países. Para muchos fue un ataque sanguinario y brutal, obra del huracán de la venganza. Otros lo han ensalzado como un gesto de un heroísmo ciego y desbordado. También hay quien lo explica como el resultado de un cálculo frío. Posiblemente lo fue todo, porque algo de todo eso, vengativo, heroico y calculador, fue Pancho Villa.


Esa idea, al menos, es la que queda tras visitar la exposición temporal De vuelta a Columbus. La muestra, organizada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia con motivo del centenario de la incursión, se exhibe en un bellísimo y poco conocido rincón de la Ciudad de México: el antiguo Convento de Nuestra Señora de los Ángeles de Churubusco. Sus luminosos jardines y muros, de más de 400 años, acogen el Museo Nacional de las Intervenciones, dedicado exclusivamente a historiar las incursiones extranjeras en México.

En el caso de Columbus, el asalto no quedó sin respuesta. Mancillado el orgullo patrio, el presidente Woodrow Wilson puso en pie una expedición punitiva, con tanques y aviones, que llegó a tener 10.000 soldados. La encabezaba el general John J. Pershing, curtido en Cuba contra el ejército español y quien posteriormente comandaría las tropas estadounidenses en la Primera Guerra Mundial. El 15 de marzo de 1916, con la orden de capturar y ajusticiar a Villa, aquel ejército irrumpió en territorio mexicano. En sus filas iban dos jóvenes e implacables oficiales llamados Dwight D. Eisenhower y George Patton. Durante 11 meses vivirían una de las aventuras más singulares de sus existencias.


Villa no era un desconocido para los estadounidenses. Hombre de inteligencia natural, siempre fue consciente del poder de la imagen y él mismo, como después haría El Che Guevara, se encargó de cimentar su mito. En sus andanzas se rodeó de intelectuales y periodistas, como John Reed, y hasta rodó con Hollywood una película sobre su propia vida. Filmada con Raoul Walsh, la obra se estrenó en 1914 con éxito en Estados Unidos. Una fama que dos años después se volvió en su contra. “Villa fluctuaba entre dos extremos. Era una fuerza destructiva de la naturaleza y, por momentos, un ser sensible a las causas sociales. Para mí, Villa fue un justiciero. Pero un justiciero sangriento”, señala el historiador Enrique Krauze.




 
Miembros de la sexta infantería americana, atrincherados en 1916.


Los motivos que llevaron a Villa hasta Columbus forman parte de una intrincada discusión histórica que la exposición, con apoyo de documentos y fotografías, trata de apartar de las brumas épicas. En los días del ataque, el antiguo bandolero atravesaba uno de sus peores momentos. Años antes, en el torbellino inicial de la revolución, su lealtad a Francisco I. Madero y su genio militar le habían elevado al generalato. Admirado por su valor, en el cénit de su gloria había entrado a caballo junto con Emiliano Zapata en la misma Ciudad de México. Pero caído el Gobierno del tenebroso general Victoriano Huerta, los revolucionarios se disgregaron y la tormenta arreció.


Enfrentados al presidente Venustiano Carranza, los ejércitos de Villa fueron derrotados entre abril y junio de 1915 en El Bajío por el general Álvaro Obregón. Golpe a golpe, El centauro del norte fue retrocediendo hasta refugiarse en la agreste sierra de Chihuahua, al norte del país. Allí, diezmado y fugitivo, disolvió su legendaria División del Norte y la reorganizó en partidas guerrilleras. Fue durante aquel gélido invierno, cuando fraguó su ataque a Columbus. Frente a quienes han considerado la incursión una furibunda respuesta al respaldo de Estados Unidos a Carranza, la exposición fija como tesis un elaborado cálculo político del caudillo norteño.


El afiche con el que EE UU ofrecía recompensa por Villa.
El ataque buscaba que Washington respondiese precisamente como hizo: entrando en territorio mexicano. Una operación de alcance limitado que permitiría a Villa avivar el sentimiento nacionalista a su favor y situar a Carranza ante el erosionante dilema de permitir una impopular invasión extranjera o enfrentarse al poderoso gigante del norte. Junto a este ánimo provocador, la incursión también tenía como finalidad nutrirse de armamento y, de paso, vengarse del comerciante Samuel Ravel que, con apoyo de la inteligencia estadounidense, había vendido munición inútil a Villa.


“Desde el punto de vista militar, el ataque no puede considerarse un éxito. El pueblo de casas de madera quedó devastado por el fuego, pero su guarnición, el fuerte Furlong, apenas sufrió daños. Los espías se equivocaron y los villistas asaltaron las caballerizas”, afirma el comisario de la exposición, el profesor Pavel Navarro. Aunque hay dudas sobre las bajas villistas, Navarro calcula unas 70, frente a 27 en el bando estadounidense. Tampoco se logró una requisa importante de armas y animales. Pero su éxito en el terreno simbólico y político fue arrollador.


La incursión jugó desde el primer día contra Carranza y, a la larga, contra Washington. Los soldados de Black Jack Pershing ahorcaron a villistas, hicieron prisioneros, pero una y otra vez fueron burlados por el general rebelde. Su presencia, a medida que pasó el tiempo, se volvió más y más impopular hasta que estalló la chispa que les hizo descubrir el polvorín sobre el que se habían sentado. Fue en Parral (Chihuahua). El mayor Frank Tompkins, desoyendo a los oficiales carrancistas, condujo su columna hasta el centro de la ciudad. Al principio no hubo resistencia, pero una joven profesora, Elisa Griensen Zambrano, decidió plantar cara y, acompañada de un grupo de estudiantes de primaria, se enfrentó con un valor rayano en la locura a las tropas gringas y las conminó a marcharse. Su acción prendió el pueblo. Armados de palos, piedras y algún que otro rifle, la súbita revuelta popular puso en fuga a los estadounidenses.


La profesora Elisa Griensen Zambrano.
El episodio, del que existen tantas versiones como leyendas, hizo vibrar la campana del orgullo mexicano y enfrentó a Washington y al presidente Carranza a sus demonios. La relación entre ambos, con una posible revuelta social de por medio, se tornó insostenible. Carranza empezó a presionar a Wilson para lograr la retirada. En este escenario se sumaron dos factores explosivos. Estados Unidos descubrió que Alemania, en plena Guerra Mundial, trataba de ganarse a México como aliado. Y Villa, a quien muchos habían dado por muerto, reapareció cabalgando a lomos de la leyenda después de permanecer tres meses oculto en una cueva de la Sierra Madre. La expedición punitiva hacía aguas. Un sangriento enfrentamiento en Carrizal, esta vez con militares oficialistas mexicanos, la puso la picota. El 5 de febrero de 1917, el mismo día en que se promulgaba la Constitución mexicana, las tropas estadounidenses salieron del país.


Ese fue el final del ataque a Columbus. El general mexicano aún viviría aventuras memorables antes de caer emboscado el 20 de julio de 1923 en Parral, la misma ciudad que había expulsado a las fuerzas de Pershing. Al morir, Pancho Villa, nacido Doroteo Arango Arámbula, tenía 45 años. 12 balazos y un tiro de gracia le abrieron la tumba.

EL PAÍS



sábado, 16 de julio de 2016

Florencia Kirchner atesora 4,6 millones de dólares en cajas de seguridad

Florencia Kirchner atesora 4,6 millones de dólares en cajas de seguridad

La justicia ordena la apertura de los valores de la hija de la expresidenta Cristina Fernández en una causa que investiga el patrimonio familiar


Buenos Aires

Florencia Kirchner, la hija de 26 años de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, guardó algo más de 4,6 millones de dólares en dos cajas de seguridad situadas en la casa matriz del Banco Galicia en la capital argentina, Buenos Aires. El juez federal Julián Ercolini ordenó abrir las cajas para corroborar si la cantidad coincidía con la declarada por la expresidenta, investigada en la llamada causa Hotesur, un expediente que rastrea el origen de su patrimonio y el de sus dos hijos.
Fue Florencia Kirchner quien pidió la apertura para terminar con lo que llamó “un show mediático”, iniciado tras la denuncia de una diputada por supuestos “movimientos sospechosos” en las cuentas bancarias de la familia. La Gendarmería abrió entonces las cajas, contó el dinero y volvió a guardarlo. La imagen de los fajos, muchos de ellos con el termosellado de la Reserva Federal estadounidense, se publicó enseguida en los medios argentinos. El abogado de los Kirchner, Carlos Beraldi, fue testigo del procedimiento e informó en un comunicado de que la cifra hallada coincide con lo que había declarado tener Florencia Kirchner, heredera de parte de la fortuna de su padre Néstor, que falleció en 2010.
Las cajas de seguridad de Florencia Kirchner abiertas por la Justicia
El juez pide ahora al Banco Galicia que entregue todas las constancias de apertura de las cuentas de Florencia, “con la delimitación de todas las personas autorizadas para operarlas, y todas las constancias históricas de extracción de dinero en efectivo vinculadas con éstas”. El fiscal Gerardo Pollicita, al frente de la investigación, pidió además el embargo de las dos cajas de seguridad y de casi 875.000 dólares depositados en cajas de ahorro a nombre de la joven. Su madre ya tiene embargados sus bienes por otra causa, conocida como “dólar futuro”. En este segundo caso, la justicia investiga una operativa del Banco Central argentino en la que se causó un perjuicio millonario al Tesoro Nacional.
Cristina y Florencia Kirchner en una foto de archivo. AP
Las cajas de seguridad de Florencia están en el punto de mira tras la denuncia de la diputada Margarita Stolbizer (Partido GEN), querellante en varias de las causas abiertas contra la expresidenta. La legisladora pidió a la justicia que investigase si la familia Kirchner realizó “movimientos sospechosos en las cuentas bancarias y en diferentes cajas de seguridad no declaradas”. “Estamos hablando de, aproximadamente, cinco millones de dólares que nunca fueron declarados ni por la expresidenta ni por su hijo Máximo [diputado nacional]”, señaló la diputada.

Stolbizer, “ignorante”

Cristina Fernández negó la acusación y tildó de “burra” e “ignorante” a Stolbizer. El cruce reveló que la expresidenta dolarizó todos sus ahorros, una decisión financiera que atribuyó a la desconfianza que le produce la política económica de su sucesor, Mauricio Macri. “No sé qué va a hacer esta gente con la economía”, afirmó Kirchner. En un escrito presentado ante la justicia, la expresidenta dijo que había guardado el dinero en dos cajas de seguridad abiertas por su hija Florencia en el Banco Galicia y en una caja de ahorro, por un total de algo más de 4,6 millones de dólares. La cifra coincide con la encontrada por el juez.
Stolbizer afirma que el hallazgo confirma sus denuncias. “El dinero que tenía Florencia Kirchner es una exhibición obscena cuando miles de familias no tienen dinero para comprar una vivienda. Los Kirchner le han hecho mucho daño al país, gobernaron Argentina en el momento de mayor crecimiento económico y dilapidaron nuestras riquezas y se ocuparon de construir un sistema ilegal de enriquecimiento personal. Hay que contar la verdad del saqueo”. Stolbizer se verá con Kirchner el 10 de agosto, cuando participará de una mediación en una denuncia por daños y perjuicios que la expresidenta interpuso contra ella.

La herencia recibida

Tras la difusión pública de las fotos del dinero encontrado en el allanamiento judicial, Florencia Kirchner dio su versión sobre el origen. En un largo mensaje que subió al muro del Facebook de su madre, dijo que los dólares son producto de la herencia que recibió de su padre, Néstor Kirchner, y la cesión que más adelante realizó a su favor Cristina Fernández. "Amaría tener a mi padre y no tener que estar hablándoles hoy de ninguna sucesión. Pero mi realidad es esta. Solicité que las abran de inmediato porque no tengo nada que ocultar. Y así quedaba una vez más en claro con la transparencia que nos hemos manejado siempre", escribió.
La joven también criticó la cobertura mediática del caso. "Leía por ahí ¡Encontraron tantos millones en las cajas de Florencia…' Nadie encontró nada. El dinero que está en las cajas de seguridad, es el mismo dinero que estaba declarado. Por lo que se verificó como cierta mi declaración y falsa la de [la diputada] Stolbizer" , dijo Florencia Kirchner.

EL PAÍS

 

viernes, 15 de julio de 2016

Péter Esterházy / El húngaro que sonreía

Péter Esterházy

Péter Esterházy

El húngaro que sonreía

El escritor húngaro Péter Esterházy murió ayer a los 66 años

Juan Cruz
15 de julio de 2016

El caso de Esterhàzy, que acaba de morir en Budapest a los 66 años que cumplió en abril, era muy especial. Se reía (y se sonreía) de su sombra, que venía de un árbol plenamente aristocrático (lo describió en Armonía celestial, Galaxia Gutenberg, 2003) y de la mancha principal de su país en el siglo XX, el estalinismo y su comunismo intrínseco (descrito en Pequeña pornografía húngara, Alfaguara, 1992).


En Armonía celestial era ya el autor maduro, capaz de afrontar el pasado, hasta el siglo XVII, como si fuera hoy, y en Pequeña pornografía húngara era el autor que sonreía, y se reía, ante el espectáculo increíble de aquel comunismo de pacotilla que aún no había entregado la cuchara y que él afrontó con el humor que despertaban sus astracanadas.


Cuando, en 2004, con Armonía celestial aun caliente, recibió el premio de la Paz de los libreros alemanes, en la Feria de Francfort, se rio de la solemnidad del tiempo que vivíamos entonces, pero se puso serio ante una sola cosa: la guerra que había sonado con toda su tragedia y malaventura, en Irak, propulsada, como se ha confirmado ahora, por dirigentes fanáticos de sí mismos que pusieron al mundo en la vía del desastre que ahora anochece sobre Francia y sobre Europa.

Allí, ante aquel auditorio de intelectuales y libreros y políticos, aludió al hecho que estalló en Irak: “Sólo una línea: de siempre admiro a Estados Unidos, estoy contra de la guerra. Punto final”.


Era delicado, como su silencio sonriente. De entre los escritores que he conocido no fue solo el más sonriente (con Onetti, con Borges), sino el más solícito, el más tranquilo; su vecindad no era el ego, sino la broma, la amistad que partía de sus ojos grandes y claros. Su geografía humana estaba presidida por un pelo alborotado y bello que se peinaba con las manos como si estuviera describiéndolo.


Le gustaba el fútbol, porque en su familia aparte de aristócratas hubo también futbolistas; de la estirpe de Kubala, que era un tema de conversación cuando vino a Madrid en 1992, y cuando lo vimos varias veces en Fráncfort, en los bares chiquitos de aquellos hoteles. Esterhàzy tenía la preocupación del estilo en el fútbol, pero también en la vida. Elegante siempre, no se burló de lo serio sino de lo solemne. Aquel día en que recogió el premio de los libreros alemanes habló de la pena de Europa, que no había hecho los deberes en el siglo XX, lleno de sangre, y que inauguraba el siglo XXI (en ese entonces), sin sentimiento, sin energía.


En el Este los problemas se habían metido bajo la alfombra (“y ahora ni siquiera tenemos alfombra, nos la robaron los comunistas”) y en el resto de Europa se habían escondido los problemas, directamente, porque pareció que el único problema era castigar a Alemania por Hitler, así que “las cuentas con el pasado” no las hicimos todos, las hicieron, tan solo, los alemanes.


Parecía un pianista, un tipo que hubiera convivido con Beethoven… y con Kubala; había en él una armonía (una armonía celestial, probablemente) que se acentuó con el tiempo, aunque el tiempo pulió su rostro, lo hizo más terso, menos muchacho, más adulto. Pero ni ese contratiempo que finalmente lo venció le quitó la sonrisa con la que llegaba a los países (a España, por ejemplo) como si no tuviera que hablar para hacerse entender.


La sonrisa, la risa, eran su arma; su literatura fue, además, el alma de su casa y de su patria.

EL PAÍS



domingo, 10 de julio de 2016

Eduardo Cote Lamus / Elegía a mi padre


Alcaparral, montañas de Pamplona
15 de septiembre de 2008
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Eduardo Cote Lamus
ELEGIA A MI PADRE

                                                                                                                       A mis hermanos

Una vez tendido le dio por morirse como
antes le había dado por vivir,
por talar los eucaliptos y hacer la casa
y se echó a morir porque sabía
que de esa no pasaba.

Acaso, cuando los bueyes se cansaron
de arar, ¿no se había puesto alguna vez
en la nuca y en los hombros la coyunda?
Y la tarea quedó cumplida mucho antes
que la sombra, ya que las estrellas.
Tenía que terminar también su asunto
a cabalidad y como fuera.

En su mano derecha la firmeza
como empuñando un arma
o dirigiendo el surco o trazando
el círculo de su vida, cerrado,
arbitrario, pero tan propiamente suyo
como el bastón de tosco palo,
como el sombrero o los zapatos
o la ropa que llevaba, que ya era suya,
hecha por él, como sus actos.

Su mayor riqueza consistía en ver los potros
galopar libres bajo en ancho cielo
o enlazar alguno con certero silbo,
marcarle el anca y darle nombre,
un nombre fácil: Cascofino, Dulcesueño, El Palomo,
Enjalmar la mula, hablar de las heladas.

La tierra vino a él más no en su ayuda.
Y decía palabras, preguntaba
por amigos que allí no se encontraban
y de sus brazos que iban y venían
como alentando el fuego del herrero
de su propia existencia, le caía
fuerza, sudor como yunques, dominio;
desde sus abrazos le caían los días
que vivió, uno a uno, a borbotones.

Pero murió porque le vino en gana,
porque tenía que hacer del otro lado
junto con su mujer, la que le tuvo
los días listos para su trabajo,
dulzura en la mañana, el pan servido
al alcance del corazón, la ventana abierta
cuando volvía hecho trigo de los campos.

Yo no te cuento pero debo contarte:
te llevamos a una casa con amigos
del alma, te acompañamos, ya lo sabes,
y al otro día tuviste tres entierros
como te correspondía: en la mañana
te llamabas más Pablo aún, respondías
más a tu nombre: eras silencio.

Por el aire te pusimos en las manos
de otros recuerdos, y tu tierra era entonces
tan cercana. Río arriba, entre los climas,
te nos hiciste piedra en el pecho,
te nos ibas hundiendo pecho adentro
porque tú estabas en él y te nos ibas.

Entraste a Pamplona como si lo hubieras hecho
a caballo: tomamos el potro de las bridas
y descabalgaste igual que siempre, entre cipreses.

Como estabas muy alto tus hermanas
no podían verte y una de ellas trajo una banqueta
sobre la que subieron y te llamaron Pablo Antonio,
te nombraron paulatinamente Pablo entre las lágrimas.

Pero estabas de espaldas como un río.
En la cuesta tu cuerpo se hizo plomo:
poco después el peso fue liviano
como si hubieras tú metido el hombro
y te llevaras a enterrar tú mismo.

Te colocamos con cuidado, con flores, con ternura.
Yo creo que tenías entre tus manos
una cuerda y un trompo y una espiga
y un rumor de mucho cielo en tus oídos.

Sabes muy bien lo que te cuento
pero te lo digo. Estaban
con el sombrero en la mano
a pesar de la llovizna
todos los que te querían:
el que te venía la carne,
el que te compraba el trigo
y el hombre de azadón que respetabas.

¿Hallaste allí la paz? es mi pregunta.
Mas yo no debo preguntarte nada.
Tú no querías la paz sino la dura
tierra para sembrar, el aire para
vencer con los árboles, cosas difíciles.

Viejo campesino. Padre mío,
en palabra y en acto igual que el hierro:
tan de una vez, tan para siempre:
viejo de a caballo, viejo macho.

Pablo eras no más y Pablo somos.
Padre, qué poco Antonio te llamabas.